domingo, 8 de abril de 2018






Olmedo: Diputado a Cortes
A principios de 1809 Olmedo, compartiendo con mercaderes y viajeros una recua de mulas, viajó a Quito en procura de la Universidad de Santo Tomás de Aquino, a fin de rendir los exámenes correspondientes para incorporarse al cuerpo de abogados de la Real Audiencia, con la finalidad de ejercer la abogacía en Guayaquil.
El 5 de mayo de 1808 en Bayona, los monarcas españoles fueron obligados a abdicar, Fernando VII, conminado para asistir a esa reunión en Bayona y obligado a abdicar en 1808 y los derechos sobre la Corona Española pasaron a manos del emperador Napoléon Bonaparte, quien al mes siguiente decretó la designación como Rey de España de su hermano José. El rey Fernando dejó constituida una Junta Central presidida por Antonio de Borbón. Este convocó una Asamblea Nacional que incluía diputados de las provincias de ultramar. El virreinato peruano designó a José Silva Olave, a la sazón obispo de Huamanga, quien designó a su pupilo, Olmedo, como su secretario y en julio de 1810 se embarcaron hacia México. Arribados a este primer destino, fueron notificados que la convocatoria a la Asamblea había sido cancelada.
En 1808, Olmedo era asesor de la Junta de Guerra y vistas las actividades levantiscas que empezaban a darse y rumorearse, llegó a Guayaquil el Regimiento de Granaderos Real de Lima. Y como tal, en cumplimiento de su deber, en noviembre de 1809 firmó el acuerdo de envío de tropas para “auxiliar a las autoridades de dicho Reyno de Quito para restablecer el orden, y respeto de las Leyes” (Espinosa Pólit, Olmedo en la historia y en las letras, Quito CCE, 1980 Pág. 61-62).
En Guayaquil a principios de 1809 se recibió cartas de los revolucionarios quiteños solicitando su apoyo para el movimiento. Sin embargo, la economía de los guayaquileños estaba en auge y no quisieron arriesgarla por sumarse a una aventura que, a ojos vista, estaba llamada al fracaso. Pues pese a la determinación del pueblo quiteño y sus verdaderos líderes (todos asesinados el 2 de agosto de 1810): Ascázubi, Aguilera, Arenas, Salinas, Morales, Quiroga, Peña, Vinueza, Larrea, entre otros, por alcanzar una transformación, tuvo grandes limitantes que impidieron su éxito. Ya que, en ese tiempo, tanto Bolívar como San Martín se hallaban en Europa, apenas conspirando e ideando una acción libertadora y el poderío militar español en América se hallaba intacto, por tanto el alzamiento de Quito habría sido, como en realidad lo fue, aniquilado en brevísimo tiempo.
El 11 de septiembre los miembros del Muy Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento de Guayaquil, eligieron a Olmedo, Diputado a Cortes en cumplimiento de la Real Orden de 14 de febrero de ese año. Tras una elección y sorteo entre los dos más votados, la suerte señaló a Olmedo, quien zarpó en enero de 1811 y llegó a Cádiz el 11 de septiembre y el 2 de octubre ingresó a la Asamblea.
En las Cortes de Cádiz, Olmedo encuentra el ambiente de lucha política y con ello afirma las condiciones de líder que exhibió en octubre y noviembre de 1820. Es bajo la protección de los liberales españoles, que se forjó quien fuera el “Esclarecido prócer de la independencia hispanoamericana, cantor sublime de esa misma noble causa, como de los héroes que la defendieron y la hicieron triunfar gloriosamente, y caudillo y sostenedor más tarde de las libertades públicas en su patria; he aquí los títulos que recomiendan y transmitirán con honor a la posteridad el nombre de D. José Joaquín Olmedo” (Pedro Carbo).
Olmedo, es la máxima expresión histórica y social de una sociedad revolucionaria, republicana y autonomista. Es el gran líder y pensador social del Guayaquil insurgente de la primera mitad del siglo XIX. Es el tribuno que definió y ganó su espacio en la historia de la lucha social y se consagró como combatiente incansable y prominente prócer de la libertad ecuatoriana.
¿Que es el Padre de la Patria? Sí..!!! Porque concibió nuestra independencia bajo ideales de la libertad de comercio y pensamiento en los ciudadanos: “¿Hasta cuándo no entenderemos que sólo sin reglamentos, sin trabas, sin privilegios particulares pueden prosperar la industria, la agricultura, y todo lo que es comercial, abandonando todo el cuidado de su fomento al interés de los propietarios?” (Primer discurso, Abolición de las Mitas, 12/10/1812. José Joaquín Olmedo, Poesía y Prosa, Biblioteca Ecuatoriana Clásica, Pág. 382).
Porque concibió, intervino y defendió su libertad fundamentada en el orden, prosperidad y educación: “yo aquí entiendo por política, la ciencia que fundamentándose en los principios del derecho de todas las naciones y en la conveniencia pública, solo atiende a promover y fomentar el bien y prosperidad de los Estados (…) La instrucción, la ilustración de los pueblos mina sordamente los fundamentos de un mal gobierno pero afianza y consolida las bases de una buena Constitución” (segundo discurso, Abolición de las Mitas 21/10/1812, Ídem, Pág. 426). 
“Sigan otros las máximas del elocuente y peligroso filósofo, que para contener a los pueblos en la obediencia y sujeción cree necesario tenerlos sumidos en las tinieblas de la ignorancia. Sigan las máximas de los gobiernos malos y despóticos, porque a ellos les conviene (…) Ningún Estado puede ser grande y poderoso sin población; al contrario, las tierras más pobladas son las más cultivadas; las más cultivadas las que producen más; y las que producen más son las que atraen y llaman a todos los pueblos de la tierra; de allí la extensión del comercio, y de allí el acrecentamiento de la riqueza y el poder” (Olmedo, un pensamiento que todos los ecuatorianos de hoy debemos cultivar).
Formas de pensar que deben primar en tiempos actuales, que solamente caben en la mente de un demócrata liberal moderno, organizador de nuestra provincia emancipada bajo leyes republicanas. Artífice de un país libre, independiente, digno y democrático, quien “legítimamente gobernó un jirón del territorio nacional independizado” (Aurelio Espinoza Pólit). Desde la soberanía de Guayaquil, luchó hasta alcanzar la liberación de todo el territorio quiteño: “en los primeros tiempos de la primera euforia, Guayaquil se lanzó a reconstruir la unidad quiteña” (Demetrio Ramos Pérez).
Y dio cuenta de qué le movía a ese estar tan en contra de los movimientos libertarios que, como reguero de pólvora, cundían por el continente: “¿Y al fin que conseguirán? Debilitarse, empobrecerse, derramar sangre Americana y dejar yermos y desolados unos países que están llamados por la Naturaleza à ser el Teatro de la agricultura, el templo de las Artes, el centro del Comercio de todas las Naciones y el depósito de las riquezas del Mundo” (Carta de Olmedo al Ayuntamiento de Guayaquil del 10 de diciembre de 1811, Biblioteca Ecuatoriana Clásica, José Joaquín Olmedo, Epistolario, Pág. 308).
Las Cortes aprobaron el 19 de marzo de 1812 una Constitución. Al pie de ese documento, que honra a los diputados que lo elaboraron y promulgaron, estaba la firma de Olmedo, como diputado por Guayaquil y secretario de las Cortes, el quiteño Mejía Lequerica, diputado por Nueva Granada, no la firmó porque se hallaba gravemente enfermo y murió el 27 de octubre de 1813.
El prócer José Juaquín Olmedo, es Padre de la Patria porque como Presidente de la Provincia Libre de Guayaquil, movilizó a montuvios, mestizos y criollos litoralenses, creó las Armas Protectoras de Quito para liberar la Sierra que emprendió la marcha en noviembre de 1820. Desde entonces mantuvo el apoyo legal y logístico de las tropas colombianas y guayaquileñas hasta alcanzar su emancipación el 24 de mayo se 1822.
Por el bien común sacrificó hasta el derecho a la libre determinación del pueblo guayaquileño: “nuestro deber y nuestro ardiente deseo de dar libertad a nuestros hermanos de Quito y Cuenca nos hicieron franquear a las tropas de Colombia el paso por nuestra provincia y entregar nuestros recursos” (Carta a San Martín).
Como Jefe Civil del Gobierno de la Provincia de Guayaquil, fue el responsable político y financiero de toda la acción independentista, por eso, los generales triunfadores de Pichincha, Andrés de Santa Cruz y Antonio José de Sucre, con evidente reconocimiento a su autoridad, le enviaron sendos partes militares reportando el éxito alcanzado el 24 de Mayo de 1822 (El Patriota de Guayaquil, del 5 y 8 de junio de 1822).
Enterado de este triunfo, Olmedo se gloría diciendo: “Guayaquileños: Quito ya es libre: vuestros votos están cumplidos; la Provincia os lleva por la mano al templo de la Paz, a recoger los frutos de vuestra confianza y de vuestros sacrificios (…) En vuestra sola felicidad está el premio de las fatigas que hemos sufrido por la Patria (…) Sed moderados y virtuosos; vivid siempre cordialmente unidos y seréis siempre libres y felices” (Proclama por la victoria de Pichincha).
Jamás cesó de priorizar la libertad, la autonomía y el bien común, como aspiración guayaquileña inextinguible: “Guayaquil concurrirá con sus Diputados en la confianza de que variado el sistema central que nos arruina, se adopte el de federación por ser el único que puede sacarnos de la miseria en que nos vemos reducidos” (carta a Bolívar, 31/07/1827).
Es prócer nuestro, y de América. Cuyo pensamiento ilustrado, moderno, ético y humanitario, aun vigente, debe ser inculcado a la juventud como ejemplo imperecedero. Y la forma de hacerlo, es elevarlo al pedestal de la gloria brindándole lo que merece: el reconocimiento público del país entero.
En nuestros días, la promoción comercial incita al consumismo. Anuncios luminosos hieren la vista y deslumbran a conductores y peatones nocturnos. Todos con un fin: vender más. Esto no es malo, pues empresas, comercios, bancos, etc., tienen todo el derecho, para bien del país, de promover, mercadear y prosperar. Aun instituciones benéficas, aturden al consumidor con iconos que sugieren provechos. Ingentes sumas se invierten en reclamos comerciales; pero nada más. Ninguno estimula la práctica de una ciudadanía participativa y responsable. El guayaquileño actual, mayoritariamente disminuido ante generaciones de predecesores, ilustrados, participativos, filántropos y creadores de hitos de autodefensa para la enseñanza y protección social, no conoce ni reconoce nuestros arquetipos válidos. No crea facilidades para que la juventud lo haga, ni propicia el uso de textos modernos que estimulen la lectura. Desconoce que el crecimiento, transformación y regeneración urbana de Guayaquil, exige paralelismo entre su adelantamiento y la educación, la formación en valores y el desarrollo cultural, parece ignorar que la educación es la mejor semilla que puede sembrar para su futuro beneficio.
No reacciona ante gobiernos que no valoran a quienes forjaron e impulsaron la libertad, cultura y progreso del país. Que persisten en propagar errores históricos. Que aplican programas incoherentes y mantienen en la mediocridad al docente, destruyendo desde su raíz el interés que la juventud podría desarrollar sobre la materia y retroceden ante su obligación de educar al pueblo.
El mantener vigente el pensamiento de Olmedo es vital: “Todo buen ciudadano que mira la constitución y las leyes patrias con una especie de culto religioso. Que reputa el orden como parte de la moral pública, y que pospone su interés y sus pasiones al bien común jamás abusó de la libertad de imprenta. No por eso calla servilmente, antes su misma probidad le da energía para hablar más alto, para reclamar con más firmeza la observancia de las leyes, y para declamar contra los abusos de autoridad”.
Sin distorsiones, sectarismos ni provincialismos se debe promover programas didácticos para escuelas, colegios, universidades, etc. Diseñar patrones únicos que propendan al conocimiento general de nuestros valores y elegir con autonomía los textos que deben respaldar la gestión formativa.
Vigilar normas, métodos y folletos empleados por dependencias oficiales, municipales y empresas particulares en la actividad turística. Fiscalizar la labor de comunicadores sociales, para evitar que incurran en errores sobre nuestra cultura y memoria histórica. Apoyar y unificar políticas culturales emprendidas por colegios, periódicos, radios, televisión, fundaciones e instituciones guayaquileñas y propiciar el conocimiento y reconocimiento de nuestros arquetipos y grandes valores; para lograr esto debemos ser libres.






















viernes, 6 de abril de 2018





Nacimiento, educación y formación de Olmedo

José Joaquín Olmedo nació en Guayaquil el 19 de marzo de 1780, hijo del capitán Miguel de Olmedo y Troyano, malagueño llegado a Guayaquil en 1764 donde contrajo matrimonio con Ana Francisca de Maruri y Salavarría, guayaquileña de ilustre prosapia, de cuya unión nacieron Magdalena y dos años más tarde, José Joaquín. Una vez constituida su pequeña familia Miguel de Olmedo se estableció definitivamente en Guayaquil.
En 1789 el pequeño niño de 8 años de edad fue enviado a Quito e ingresado al Colegio y Convictorio de San Fernando, regentado por los frailes dominicos. Allí entabló amistad con José Mejía y Lequerica, cuyos padres tenían muy buenas relaciones de amistad. Años más tarde, profundizaron tal relación cuando asistieron como diputados a las Cortes en Cádiz. Hernán Rodríguez Castelo en su obra Olmedo el Hombre y el escritor, asume que, en razón de la relación que Mejía tuvo con Eugenio Espejo, Olmedo debe haber conocido y tratado a Espejo quien siendo un “literato de grande erudición, descubrió el ingenio de ambos jóvenes y los estimulaba al estudio presentándoles con hermosos coloridos la belleza de las letras y las ciencias” (Pablo Herrera, Apuntes biográficos de D. José Joaquín Olmedo, Quito, Imprenta de Juan P. Sanz, 1887, p. 1).
Apenas hasta cumplir sus doce años de edad se mantuvo como alumno del Colegio San Fernando donde fue instruido en gramática latina y castellana. Pues debió movilizarse a Guayaquil porque su familia tenía la esperanza de enviarlo a Lima para acceder a un aprendizaje más avanzado. Finalmente, en 1794, por la influencia de don José Silva y Olave, chantre de la catedral limeña, un personaje emparentado, viajó a esa ciudad y bajo su tutoría ingresó y estudió filosofía y matemáticas, en el Colegio de San Carlos, de cuyo Real Convictorio el chantre era vicerrector. Graduado en tales materias pasó a completar sus estudios en la Universidad de San Marcos.
En 1799 defendió en la Universidad un acto público de Filosofía y Matemáticas. Y en 1800, mediante un concurso de oposición ganó la asignación de la Cátedra de Filosofía. En 1802, como un tributo en el día de su boda a una pareja amiga escribió Epitalamio. En 1803, el poema Mi retrato, y a condición que ella escribiese al pie: “Amó cuanto era amable, amó cuanto era bello”. En junio de 1805 se graduó como doctor en Jurisprudencia, y se entregó a la enseñanza del Derecho Civil en el Colegio de San Carlos. En julio 8 de 1806, desde Lima escribe: Mi venerado padre y todo mi amor: “Ya me faltan sólo dos actos para concluir mi curso de Filosofía; pero también ya he empezado a enseñar Leyes, estudio que me conviene más… y se despide: Su humilde y amante hijo”. (Biblioteca Ecuatoriana Clásica, Epistolario, Pág. 59). Esos dos actos, que presidió ese mismo 1806, le valieron el título de inris utriusque magister -maestro en ambos Derechos; es decir, el Civil y el Canónico y escribió sus poemas Matemáticas y Loa al Virrey. En 1807 publicó En la muerte de doña María Antonia de Borbón, princesa de Asturias.
En 1808, luego de cuatro años de práctica alcanzó el grado de abogado y se incorporó al Colegio de Abogados en Lima y en la Universidad de San Marcos asumió la Cátedra de Digesto. Pensamos que una tan brillante carrera ascendente de leyes denota una excepcional inteligencia que siempre se hizo evidente a lo largo de su vida.
Al poco tiempo fue llamado a Guayaquil por estar su padre gravemente enfermo. A principios de agosto de ese año desembarcó en el puerto, hallando a su padre sumamente grave, de quien inmediatamente recibió el encargo de albacea de sus bienes y el ruego de velar por la vejez y sustento de su “amada madre”, deseos que cumplió hasta su muerte ocurrida en 1811. Miguel Agustín de Olmedo falleció el 8 de agosto de 1808.
    
El Siglo de las Luces
La Ilustración, es el movimiento filosófico, político, literario y científico que se desarrolló en Europa a lo largo del siglo XVIII. Fue una gran modernización cultural como resultado del progreso y de la difusión de las nuevas “Ideas” y de los nuevos conocimientos científicos, que intentó transformar las caducas estructuras del Antiguo Régimen.  Además, la Revolución Industrial establecida en Inglaterra, cuya primera gran etapa ocurrió entre 1760 y 1870, que constituyó la mayor transformación social que se ha producido en los últimos siglos. La difusión de la masonería, la independencia de los Estados Unidos (1776), la Revolución Francesa en 1786, todos fueron los elementos que impulsaron a los países hispanoamericanos a buscar su independencia.
Por lo que al llegar el siglo XIX, la quiebra del poder español se hizo más crítica y ostensible. La crisis que vivía la Península debido a la invasión francesa, el resquebrajamiento de la autoridad real, el avanzado pensamiento liberal y de modernidad emanados de las Cortes de Cádiz, incitaron a las elites americanas a proyectar su independencia de España. En enero de 1804 se constituyó la República (negra) de Haití, en julio de 1809 estalló en La Paz y Chuquisaca un poderoso movimiento independentista, y finalmente, los patriotas mestizos de Quito, el 10 de agosto de ese año, protagonizaron una última revuelta en este lado del Pacífico.
Hasta 1809, desde la conquista española del Nuevo Mundo, había transcurrido algo más de tres siglos y en la última centuria su dominio se hallaba seriamente cuestionado. En los siguientes quince años, después de un largo y penoso proceso evolutivo, toda América, excepto Cuba y Puerto Rico, alcanzaría su total independencia.
Muchos libros se habían prohibido “por contener doctrinas erróneas, heréticas, impías, injuriosas a la religión católica”. Sin embargo, pese al intento de coartar la difusión de sus contenidos, al finalizar el siglo XVIII, circulaban soterradamente numerosas publicaciones periódicas con ideas liberales, patrocinadas en su mayoría por las sociedades locales de “Amigos del País”, entre ellas las de Lima (1787), Quito (1791), y Bogotá (1801). Olmedo fue uno de sus lectores, por lo cual, fue acusado en Lima por la Inquisición, de acceder a lecturas prohibidas, por lo que llegó a Guayaquil estigmatizado con la desconfianza oficial.

Olmedo: ilustrado y civilista
”Hay en José Joaquín de Olmedo, como dos personajes con dos enfoques posibles; el que le considera como prócer de su patria ecuatoriana y el que ve en él al hombre de América”.
“A su patria se debe y pertenece como el primer ecuatoriano que legítimamente gobernó un jirón del territorio nacional independizado; le pertenece como el hombre público hacia el cual, por espacio de un cuarto de siglo, se volvieron constantemente los ojos de todos para un sinnúmero de cargos oficiales, nunca por él apetecidos y desempeñados siempre con máximo desinterés y máxima pulcritud”.
“A América pertenece por haber sido su voz en una hora decisiva, por haber recogido su aliento unánime y dádole expresión en la gloria y trascendencia del canto con que ella, a la faz del mundo, lanzó su grito libertador, su enfática proclama, su constancia jubilosa de que entraba en una fase nueva, divisoria de sus destinos, en la vida independiente de naciones, dueñas en adelante de su autonomía soberana y, de su porvenir (José Joaquín Olmedo, Poesía-Prosa, introducción de Aurelio Espinoza Pólit, Quito, Biblioteca Ecuatoriana Clásica, Corporación de Estudios y Publicaciones, p. 21, 1989).
Al revisar su primer discurso sobre la abolición de las Mitas pronunciado en las Cortes de Cádiz, el 12 de octubre de 1812, encontramos que en varios de los fragmentos que a continuación recogemos están las raíces del 9 de Octubre de 1820:
“Conservar y proteger la libertad civil, la propiedad y los derechos de todos los individuos que componen la nación”, “¡Qué! ¿permitiremos que los hombres que llevan el nombre español, y que están revestidos del alto carácter de nuestra ciudadanía, permitiremos que sean oprimidos, vejados y humillados hasta el último grado de servidumbre?, “¡Pues qué! ¿nos humillaríamos nosotros, nos abatiríamos hasta el punto de tener siervos por iguales, y por ciudadanos?”, “Es admirable, Señor, que haya habido en algún tiempo razones que aconsejen esta práctica de servidumbre y de muerte; pero es más admirable que haya habido reyes que las manden, leyes que las protejan, y pueblos que las sufran. Homero decía que quien pierde la libertad pierde la mitad de su alma; y yo digo que quien pierde la libertad para hacerse siervo de la mita pierde su alma entera”, “Hasta cuándo no entenderemos que solo sin reglamentos, sin trabas, sin privilegios particulares pueden prosperar la industria, la agricultura, y todo lo que es comercial, abandonando todo el cuidado de su fomento al interés de los propietarios” (José Joaquín Olmedo Biblioteca Ecuatoriana Clásica, discurso en la Cortes de Cádiz sobre la abolición de las mitas, p. 382).
Y en su segundo discurso, pronunciado el 21 de diciembre convencido del triunfo de sus principios liberales, va más adelante:
“Sobre todo, Señor, establecido ya <este nuevo orden de cosas>, las Cortes deben procurar que todos los pueblos españoles piensen y obren con nobleza y con elevación; esto es, deben disponerlos a las grandes acciones que demanda <una revolución tan grande como la nuestra> (…) Es preciso difundir ya las luces por toda la nación para que mejor conozcan los nuevos beneficios que acaba de recibir (…) El gobierno español, templado y liberal, no debe temer ya las luchas de la nación. La Instrucción, la ilustración de los pueblos. Mina sordamente los fundamentos de un mal gobierno, pero afianza y consolida las bases de una buena Constitución” (Poesía y Prosa, pp. 421-427).
Son ideas que expresan con claridad meridiana los mismos ideales que figuran en el acta de la Independencia y en el Reglamento Provisorio de Gobierno de la Provincia Libre. Propuestas que van desde un profundo respeto al prójimo, a la práctica de la libertad económica e iniciativa privada, que al tratar sobre sociedades libres, cultivar una ciudadanía responsable, la educación como fundamento de superación y progreso, hablar de revolución social, libertad de comercio y de vida pacífica entre los pueblos, evidencian que proceden de un apasionado por la libertad y la autonomía, como fue José Joaquín de Olmedo, prócer ilustre que concibió, fundamentó y lideró la independencia del Ecuador: “se encontraba en esta ciudad don José Joaquín de Olmedo, que favoreció estas ideas” (J. E. Roca, “Recuerdos Históricos de la Emancipación política del Ecuador y del 9 de Octubre de 1820”).
Por otra parte, el Ayuntamiento guayaquileño fue el cuerpo local del que partió la revolución de octubre y comenzó el gobierno libre. De esta Corporación nació la voluntad unánime para que Olmedo, prócer y padre de la patria toda, presidiera simultáneamente la Junta Superior de Gobierno de la Provincia Libre y el Ayuntamiento de la ciudad, hecho singular que ha llevado a muchos, a imaginar que Guayaquil habría empezado a construirse como ciudad-estado.
Esto no es exacto. Basta revisar proclamas, actas, decretos, etc., para concluir que jamás se trató de otra cosa que de una Provincia liberada por sí misma, en procura de asociarse, con autonomía, a un proyecto político más poderoso, según fueran las condiciones y beneficios que podía recibir, propuesta que Bolívar no quiso comprender. Olmedo fue una mente brillante que no pudo haber concebido las cosas de otra forma. Todos los documentos y estudios así lo demuestran.                                                                                                                                 


          





miércoles, 4 de abril de 2018




miércoles, 4 de abril de 2018





Vientos de Fronda

No son los vientos tibios de abril que mecen en hamaca de amor los rosales del jardín municipal, los surcos de amapolas floreciendo y hacen que sus pétalos de sangre desfallezcan al bordo de los prados, al mismo tiempo que traen y llevan con blandura los cristales de la fuente que las autoridades plantaron en medio de la plaza principal.

Son vientos con rugido de tormenta, frondosos en su furia enardecida que quisiera raer el pueblo con sus casas, con sus gentes, el jazmín del patio, arrancarlo todo desde la raíz y dejar sólo un espacio vacío, en lo que fue este pueblo, como solar árido donde no podrá prosperar más un aliento de vida.

Luis Sandoval Godoy




 El Joven Olmedo

Los reinos ultramarinos españoles se construyeron sobre una gran depredación: la mayor parte de su población indígena sucumbió a las enfermedades provocadas por gérmenes patógenos extraños a su sistema inmunológico; de su cultura apenas sobrevivieron algunos monumentos de piedra, pero los rasgos y características propias de sus sociedades casi desaparecieron.
El choque cultural de dos razas, dos civilizaciones, dos religiones, etc., fue de exterminio y un cataclismo étnico que dejó profunda huella y hondo resentimiento en la mente de mestizos e indígenas.
Las tempranas y esporádicas rebeliones indígenas se hicieron cada vez más frecuentes e importantes, y mediante exigencias y demandas cada vez más contundentes alcanzaron un espectro más amplio de participación en las distintas jurisdicciones coloniales.
Levantamientos alimentados por la ceguera de las autoridades peninsulares, impedidas de interpretar la compleja realidad de una sociedad multiétnica y variopinta, diseminada en un enorme continente con características propias en cada región. No les fue posible comprender que era imposible encasillarla con los mismos criterios y peor aún, como se pretendió, aplicarlos en alejados y disímiles rincones del espacio americano.
“En 1730, se da el primer grito de insurrección contra el dominio español lanzado en Cochabamba (Bolivia), encabezado por Alejo Calatayud quien, traicionado, fue ejecutado y sus miembros colgados en el cerro San Sebastián y otros sitios para escarmiento de la población” (Germán Arciniegas).
En septiembre de 1780, José Gabriel Túpac Amaru, luego de ahorcar al corregidor de El Cuzco, se levantó con numeroso ejército (60.000 hombres señalan algunos historiadores), y mantuvo en vilo al virreinato del Perú hasta que fue capturado y ejecutado.
El 16 de marzo de 1781, 20.000 comuneros del Socorro en Colombia le levantaron en feroz asonada, hasta septiembre de 1782 que terminó, dejaron un rastro sangriento, de saqueos, asaltos a haciendas y ejecuciones.
Al llegar el siglo XIX, la quiebra del poder español se hizo más crítica y ostensible. La crisis que vivía la Península debido a la invasión francesa, el resquebrajamiento de la autoridad real, el avanzado pensamiento liberal y de modernidad emanados de las Cortes de Cádiz, incitaron a las elites americanas a proyectar su independencia de España. En enero de 1804 se constituyó la República (negra) de Haití, en julio de 1809 estalló en La Paz y Chuquisaca un poderoso movimiento independentista, y finalmente, los patriotas mestizos de Quito, el 10 de agosto de ese año, protagonizaron una última revuelta en este lado del Pacífico.
Hasta 1809, desde la conquista española del Nuevo Mundo, había transcurrido algo más de tres siglos y en la última centuria su dominio se hallaba seriamente cuestionado. En los siguientes quince años, después de un largo y penoso proceso evolutivo, toda América, excepto Cuba y Puerto Rico, alcanzaría su total independencia.
Muchos libros se habían prohibido “por contener doctrinas erróneas, heréticas, impías, injuriosas a la religión católica”. Sin embargo, pese al intento de coartar la difusión de sus contenidos, al finalizar el siglo XVIII, circulaban soterradamente numerosas publicaciones periódicas con ideas liberales, patrocinadas en su mayoría por las sociedades locales de “Amigos del País”, entre ellas las de Lima, en1787, Quito en 1791 y Bogotá en 1801.
Diversos autores eran traducidos, citados y leídos en tertulias de políticos ilustrados junto a comerciantes, profesionales, personas educadas, todos ellos apasionados independentistas que propiciaban la revolución y los universitarios criollos graduados en las décadas comprendidas entre 1780 y 1800, dominaban el más diverso repertorio de temas científicos y políticos. De manera que, al establecerse en sus ciudades y convertidos en maestros, modificaron y modernizaron el pensamiento de sus alumnos sin necesidad de recurrir al uso de libros con temas vedados por la Inquisición.
En la década de 1780, la Corona, en un esfuerzo por desarrollar las ciencias modernas e impulsar la ilustración envió numerosos científicos y sabios; “La llegada de los europeos no solo trajo al Nuevo Mundo los métodos científicos más modernos sino que también estimuló el intercambio intelectual entre los sabios americanos y españoles (…) Para su consternación, los americanos descubrieron que los españoles ilustrados tenían numerosos prejuicios acerca del Nuevo Mundo y en consecuencia, el intercambio científico dejó impreso en los americanos la necesidad de guardar una actitud independiente y crítica. Aun más, recalcó el hecho de que eran los pares intelectuales de los europeos. Darse cuenta de lo anterior no solo los llenó de orgullo por sus logros, sino que contribuyó también a su creciente convicción de que debían alcanzar la igualdad política” (Jaime E. Rodríguez O.).
Los criollos ilustrados sabían que culturalmente eran superiores al común de las autoridades españolas, sin embargo, eran marginados de la participación pública. Los comerciantes, especialmente los exportadores, no podían ser dueños de sus actividades, pues estaban sujetos al monopolio establecido por la Corona acumulando un peligroso descontento. Todo esto desarrolló en ellos la imperiosa necesidad de ser los artífices y árbitros de su destino.
Finalmente, en el decenio de 1810, se reconoció en la Península la necesidad de satisfacer el deseo de los criollos de ser partícipes de la actividad política, y una vez creada la Junta Suprema Central y Gubernamental de España e Indias, se incrementó el número de sus miembros con representantes americanos. Aunque ya era muy tarde para la monarquía, logros incompletos que, pese a la satisfacción por alcanzarlos, siempre quedó un sentimiento negativo. 
En diciembre de 1808 los franceses reocuparon Madrid y el colapso de la monarquía acarreó la formación de juntas de gobierno en la Península y en el Nuevo Mundo. Pese a esto, en ninguno de los dos había una clara visión del destino de sus actos de gobierno. A raíz de los triunfos franceses de 1810, Cádiz, centro del comercio con ultramar y la más rica, se convirtió en sede del Gobierno y campo de refugiados que escapaban de los invasores. El 24 de septiembre de ese año, se reunieron las Cortes de Cádiz con 104 diputados y con el tiempo llegaron a 300, de los cuales apenas 63 eran americanos. Esta representación desigual fue impugnada por el quiteño José Mejía Lequerica, diputado por el virreinato de Nueva Granada (Quito estaba castigada por el movimiento de 1809), considerado uno de los mejores oradores y pese al apoyo mayoritario de los diputados americanos, no logró la revisión de esta diferencia. Ese año se incorporó José Joaquín Olmedo como diputado por Guayaquil, donde mostró su talento que lo llevó al cargo de secretario y mediante su genial y revolucionario discurso sobre las mitas, logró su abolición.
En 1812, las Cortes dominadas por lo liberales, entre los cuales estaba Olmedo aprobaron una Constitución que establecía un gobierno parlamentario. El 2 de febrero de 1814, con Rocafuerte incorporado, firmaron el decreto obligaba a Fernando VII a jurar la Constitución para ser reconocido como rey.
Los representantes americanos en Cádiz, incluyendo a Olmedo y Rocafuerte, aspiraban a una gran nación liberal española, formada por la metrópoli y el Nuevo Mundo, unida por los mismos intereses económicos, la misma lengua, religión, similares costumbres y regida por la Constitución doceañista.
El monarca absolutista disolvió las Cortes y persiguió a los diputados. Rocafuerte escapó a Francia a través de la frontera y gracias a la discreta ayuda de la masonería recorrió buena parte de ese país y de Italia.
Olmedo halló refugio entre los muchos amigos y admiradores madrileños que había cultivado. El 28 de noviembre de 1816, retornó a Guayaquil e inició junto a otros patriotas el proyecto de construir una nación independiente. En junio del año siguiente volvió Rocafuerte y tras “inocentes” clases de francés impartía la enseñanza de ideales libertarios.
A partir de entonces, Olmedo, el líder y pensador social del Guayaquil insurgente, define su visión estratégica sobre el proyecto independentista de Guayaquil y su provincia, su propuesta de ruptura e independencia total de España es clara, pero unitaria, fraterna y solidaria con el resto de las regiones del país. Su visión es hacia todos los pueblos serranos, por eso, liberar Guayaquil, pero ayudar a los quiteños es su prioridad.
Al llegar el siglo XIX, la quiebra del poder español se hizo más crítica y ostensible. La crisis que vivía la Península debido a la invasión francesa, el resquebrajamiento de la autoridad real, el avanzado pensamiento liberal y de modernidad emanados de las Cortes de Cádiz, incitaron a las elites americanas a proyectar la independencia de España.
Los representantes americanos en Cádiz, incluyendo a Olmedo y Rocafuerte, al principio aspiraban a una gran nación liberal española, formada por la metrópoli y el Nuevo Mundo, unida por los mismos intereses económicos, la misma lengua, religión, similares costumbres y regida por la Constitución doceañista.