jueves, 14 de junio de 2018



 

 

 

 

GUAYAQUIL: SU FUNDACIÓN Y TRASLADOS

 

 

 

 

“Guayaquil, es para mí tan hermosa como las más hermosas ciudades del mundo. No tiene monumentos antiguos, no obras de arte, ni columnas, ni arcos, ni palacios de mármol, es verdad; pero reclinada á a las orillas de uno de los ríos más hermosos de la tierra, circundada por verdes palmas, rodeada de azuladas montañas, aparece radiante de bellezas naturales que son las verdaderas bellezas porque las hizo Dios”.[1]

 

 

 

 

“Guayaquil evolucionará seguramente según los modelos que ya ha adoptado y en forma mucho más desordenada. La causa se debe, en parte, a una más rápida velocidad de adopción de los estilos en el puerto principal (…) debido a los contactos más numerosos con el extranjero, favorecidos por las funciones comerciales y portuarias (importación-exportación), que siempre han existido en esta ciudad. La rápida velocidad de adopción genera otro fenómeno, el de la rápida obsolescencia del estilo adoptado en provecho de otro más nuevo y más de moda”.[2]

 

 

 

 

:Guayaquil antes de los españoles: Navegantes veleros prehispánicos


La historia litoralense ecuatoriana no comienza con la conquista hispana, aunque así se ha querido que la veamos. Lo nuestro, el espíritu autonomista que nos identifica empieza mucho antes. 

En nuestro extenso, fértil y cálido territorio costeño había culturas, religiones, señoríos, cacicazgos, organización política, acciones guerreras. Estas organizaciones sociales tenían activo y extenso intercambio y comercio en la gran red fluvial del Guayas. 

Incluso estos pueblos prehispánicos autóctonos habían conformado una sociedad indígena estructurada que habitaba en una población llamada Guayaquile. Esta organización social ya existía a orillas del río de Guayaquil, como veremos más adelante, cuando al finalizar 1535 Benalcázar cumple el traslado de la ciudad de Santiago a la Costa. 

También los manteño-huancavilcas, únicos navegantes veleros de América, en su intensa práctica de comercio dinámico realizaban un recorrido activo y extenso en balsas hasta el Perú por el sur y hacia el norte hasta Acapulco (México) navegando grandes distancias en mar abierto por la ruta de Galápagos.[3]

Señalan las crónicas que el célebre navegante y piloto de la conquista del Perú, Bartolomé Ruiz, en su segundo viaje, recibió de Pizarro la orden de explorar las Costas en busca de alimentos y agua. Mientras navegaba frente a la bahía de San Mateo avistó una vela en el horizonte. Sorprendido, pues sabía que ninguna otra expedición se había hecho a la mar antes que la suya, enrumbó hacia esta su embarcación con el ánimo de abordarla. 

Cuál su sorpresa, Bartolomé Ruiz no se encontró con una embarcación cualquiera, sino con una balsa velera que fluidamente realizaba viajes oceánicos. Era los puneño-manteño-huancavilcas que navegaban rumbo al norte. Ruiz, en su bitácora, registra extensa y detalladamente su encuentro con la embarcación, sus tripulantes y lo que en ella se transportaba: 

traían muchas piezas de plata y oro para el adorno de sus personas, para hacer trueque con ellas con quien iban a contratar, que intervenían coronas y diademas y cintos y pañetes y armaduras, coraza de piernas y petos y tenacelas y cascabeles (…) tazas y otras vasijas para beber (…) traían muchas mantas de lana y de algodón y camisas y aljujas y alcaceres y aleremes y otras muchas ropas todo los más bello muy labrado de labores muy ricas, de colores de grana y carmesí y azul y amarillo”.

También la crónica hace referencia a determinadas costumbres indígenas respecto a la organización religiosa y administrativa de cuatro pueblos que conformaban el señorío de Salangome, situado en el actual puerto de Salango y la isla del mismo nombre. En esta crónica, el conquistador se refiere a un adoratorio: 

Hay una isla en el mar junto a los pueblos donde tienen una casa de oración hecha a manera de tienda de campo, toldada de muy ricas mantas labradas a do tienen una imagen de una mujer con un niño en los brazos (…) tienen muchas herramientas de cobre e otros metales con que labran sus heredades y sacan oro (…) tienen los pueblos muy bien trazados de sus calles, tienen muchos géneros de hortalizas y tienen mucha orden y justicia”.

Con lo que el piloto Ruiz se dio de manos a boca, no fue solo una balsa cargada de piezas de oro, tejidos, vasijas, etc. Ni con un señorío indígena costeño, con religión, organización política, organización urbana y trabajo colectivo. El navegante español con lo que se encontró fue con una ordenación de hábiles navegantes, que realizaban un diligente sistema de comercio autónomo que nos ha marcado desde tiempos remotos.

Esta actividad comercial de los naturales de esta zona había comenzado mucho antes de la llegada de los españoles. Además, fue una actividad que sirvió para integrar un territorio político y cultural afín, formado desde el litoral colombiano sur y norte peruano. Y por supuesto, de ésta nació la confederación de mercaderes costeños formada por manteños, huancavilcas, punáes, chonos y tumbesinos.

Acciones y actitudes frente a la vida que permitieron la dispersión de información y tecnología entre los antiguos americanos de la Costa del Pacífico. Redes de comercio originadas en el litoral ecuatorial por aquellos que constituyen nuestro ancestro. Actividad centrada en la Costa ecuatoriana que acarreó un desarrollo socioeconómico distinto de otros pueblos que se asentaban en las serranías andinas. En otras palabras, Ruiz encontró una estructura social a plenitud. 

El arqueólogo guayaquileño, Dr. Jorge Marcos Pino, en una de sus importantes investigaciones sostiene que el comercio funcionaba a base de un elemento de cobre clasificado como “hachas monedas”. Estas, “acumuladas como hachas ceremoniales se las transformaba en valor de uso, y con el tiempo, y la introducción del cobre, se mantuvo la forma de hacha para representar un valor de cambio o moneda”.

Los traficantes de abalorios, tejidos, etc., que hemos descrito, comerciaban también con la concha de origen marino de un molusco llamado Mullo (Spondylus),[4]que entonces crecía en torno a la Isla de la Plata, frente a la Costa de Manabí, entre los 20 y 60 metros de profundidad. La cual fue difundida y utilizada como pieza de intercambio simple. 

El Spondylus no era un producto cualquiera, sino que era un bien que tenía que ver con los rituales religiosos de diferentes pueblos. Sociedades aborígenes le atribuían propiedades sobrenaturales y religiosas, y reputada como valores y símbolos divinos, la utilizaban en ceremonias para clamar por lluvias, cosechas, aliviar males, etc. Con tales atributos circuló abundantemente desde el norte chileno hasta las Costas de México, penetrando a la región andina por Cajamarca donde establecieron, de sur a norte, un corredor de intenso comercio.

A partir de entonces la demanda fue tan grande, que el molusco se agotó en los depósitos de la Isla de la Plata y debieron ampliar su zona de pesca a otras latitudes. Centro América y México, resultaron ser los nuevos yacimientos que empezaron a explotar. Hecho confirmado por investigaciones arqueológicas que permitieron hallar en esas Costas, anclas marinas que solo nuestros navegantes primitivos utilizaban para sus faenas de buceo.

Uno de aquellos asentamientos, utilizado como cabeza de playa para las operaciones prehispánicas de buceo del Spondylus, en la actualidad es un pueblo de indígenas pescadores mexicanos, cuyo dialecto es totalmente diferente a los dominantes en ese país. La tradición oral sostiene que su raza “vino del mar de la tierra siempre verde”,[5]condición de bosque tropical que identifica plenamente a nuestras Costas. 

Además, las anclas y los restos de aparejos de pesca encontrados en ese lugar por el arqueólogo mexicano José Beltrán, son exactamente los mismos que los descubiertos en las excavaciones realizadas en Manta.

Las diferentes sociedades aborígenes que habitaban en nuestro litoral, con éste tráfico comercial de larga distancia, no solo ampliaron su riqueza y soporte económico, que los llevó a un proceso de unificación y expansión, sino que los condujo a una polarización mercantil.

Fueron formaciones sociales costeñas que se definieron por una forma de producción que puso de relieve una vocación de espacios abiertos, la cual en términos modernos podríamos encasillarla como una actividad y red de comercio mercantil precolombino.

Ante este encausamiento, las sociedades interandinas se orientaron hacia formas productivas vinculadas directamente con los hombres del mar. Por eso decimos que la conquista española no fue la génesis de nuestro mundo costeño. Su aborigen, ya era navegante, mercader, emprendedor, con vinculaciones río-mar, y mentalidad abierta como su horizonte.

La conquista y sus efectos


El informe de Pascual de Andagoya sobre la existencia de un poderoso reino al sur de Tierra Firme (Panamá), sacó a Francisco Pizarro y Diego de Almagro de sus cómodas existencias. Asociados estos con Hernando de Luque y con el licenciado Gaspar de Espinoza, sevillano, que fue el financista de la empresa conquistadora, Pizarro realizó un primer viaje que fracasó.

En un segundo intento, después del episodio en la isla del Gallo, que protagonizaron los “trece de la fama” y para no volver fracasado a Panamá, convence a Bartolomé Ruiz –enviado para capturarlo y llevarlo de vuelta a Panamá– de navegar al sur. Tocan Puná y Tumbes, y deslumbrado por las riquezas halladas en esta última, vuelve al istmo donde es recibido en triunfo.

En 1528 viaja a España, y obtiene las concesiones buscadas. Carlos V lo designa Adelantado de los territorios que conquistase. Y el 27 de diciembre de 1530, zarpa al sur desde Panamá, pasa por alto la selva que presentaba la Costa (ecuatoriana) y continuó al Tumbes que había conocido en su viaje anterior.

Este hecho de ignorar los extensos territorios costeros que más tarde formaron nuestro país, le llegó a Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala, como noticia por el “correo de brujas” que evidentemente existía en aquel entonces. Aguijoneadas sus apetencias y ambiciones viajó a España y valiéndose de ardides convenció al emperador Carlos V que tales territorios no habían sido concedidos a Pizarro. 

Una vez lograda la venia real para conquistarlos, y con la intención de despojar a éste y a sus socios de las grandes extensiones de tierra que comprendían el litoral y la serranía, identificada por el padre Velasco como Reino de Quito, zarpó del puerto de la Posesión (Guatemala) el 1 de enero de 1534.

Enterado en Panamá del zarpe de la expedición de Alvarado, el licenciado Gaspar de Espinoza, protector de Sebastián de Benalcázar, quien a la vez se desempeñaba como teniente de gobernador de Piura, envió un rápido esquife para prevenirlo de esta amenaza que pesaba sobre sus intereses comunes. Benalcázar, tan pronto recibió tan preocupante información, los primeros días de marzo de ese año marchó para enfrentar al gobernador Alvarado. Diego de Almagro –sospechando una traición por parte de Benalcázar– fue tras él a marchas forzadas.

En el ínterin, las diez naves que formaban la flota de Alvarado, que constituyeron la más poderosa armada que había navegado la Mar del Sur, había zarpado con 600 hombres de mar y tierra y 223 caballos. Luego de 33 días de navegación alcanzó la Costa manabita y desembarcó en Caraque (Bahía de Caráquez) el 25 de febrero de 1534.

Una vez reunido, entre los indígenas, un contingente humano que hiciera de tropa en situación de servidumbre, la expedición inició una marcha que al poco tiempo se encontró con una selva impenetrable, cruzada de ríos y obstáculos a cada paso. Una ruta de espanto y muerte que solo la codicia y la ambición pudo estimular su recorrido. 

Luego de seis meses de permanecer perdido en la manigua, y sufrir cientos de bajas entre españoles e indios, llegó a un poblado indígena a orillas de un río (Daule). En balsas, navegó aguas abajo hasta la confluencia del río Amay (Babahoyo) y lo remontó hasta acercarse a la cordillera. 600 cadáveres, la mayoría indígenas y algunos españoles dejó Alvarado a lo largo del camino, coronó los Andes y descendió a los valles interandinos. 

“Siguiendo mi jornada adelante –dice el propio Alvarado en su informe– hallé rastros de caballos y los pueblos quemados y despojados, en lo cual conocí que habían españoles en la tierra”.

La marcha fue esforzada y los resultados no fueron nada halagadores. Después de seis meses de tan desastroso intento, este hallazgo que confirmaba la presencia de españoles en la zona, sumió en la decepción y desesperanza a él y a sus tropas que imaginaban un viaje inútil y la correspondiente pobreza.



[1]Francisco Campos, “Viaje por la Provincia de Guayaquil”, Guayaquil, Imprenta del Comercio, Pág. 6, 1877.
[2]Sophie Bock, “Quito, Guayaquil: Identificación Arquitectural y Evolución Socio-Económica en el Ecuador (1850-1987)”, Guayaquil, CERG, Pág. 213, 1988.
[3]Jorge Marcos, Arqueología de la Costa Ecuatoriana, Guayaquil, Espol, Pág. 163, 1986.

[4]Mullo (Quichua) la concha espinosa del Pacífico Tropical Spondylus PrincepsBroderip. De esta concha se hicieron también cuentas y chaquiras, y por lo tanto la palabra mulloen nuestros días, en la Sierra del Ecuador principalmente se la usa como equivalente de cuentecillas o chaquiras. Jorge Marcos, Op. Cit. Pág. 163.
[5]Robert C. West, “Aboriginal sea navigation between midle and So. America”. American Antropologist, Vol, 63, 1961, Págs. 133-135.

viernes, 8 de junio de 2018




16 de abril de 1827, último capítulo

El 6 de julio, se recibió la noticia que el Gobierno central había designado intendente del Departamento al general Ignacio Pareja, disposición constitucional que el Cabildo aceptó y envió una falúa a Naranjal para que fuese trasladado a Guayaquil. Ese mismo día, se despachó un mensaje al comandante general de Armas de Colombia, haciendo hincapié en la agresividad de Juan José Flores:
Guayaquil no se halla en otra revolución que la que han causado los señores generales Flores y Pérez. Se han empeñado en sobreponerse a la autoridad nacional, y en devastar el departamento. Cuando este pueblo abandonado a la anarquía por la fuga de los que gobernaban, hubo de constituir una cabeza que conservase el orden y obediencia a la Constitución y a las leyes, consignó esta resolución al discernimiento del poder ejecutivo, de quien espera las providencias correspondientes. Quedó sellada esta materia para que nadie fuese osado a interrumpir la marcha legal de que disfrutaba. Pero muy luego aquellos señores han encontrado el recurso de justificar la agresión que padecemos, atribuyendo a los guayaquileños el intento de agregarse al Perú. Por la gran dificultad de que por semejantes conductos llegue limpia la verdad a la presencia del gobierno, ha sido necesario resistir y abandonarse al exterminio, antes que esos señores establezcan aquí su señorío. Y esto es cuanto pasa en Guayaquil, quien algún día hará conocer a la nación y a todo el Continente el inicuo modo con que se la trata y quienes son los verdaderos criminales. Guayaquil: Imprenta de la Ciudad, por M.I. Murillo[1].
A todo esto, la presencia de La Mar en Guayaquil tocaba a su fin. Reunidos en la sala capitular, los ediles, recibieron como un balde de agua fría una carta con la renuncia del mariscal. Esta vez no había forma de eludirla; no se trataba de una argucia para librarse del compromiso y apartarse definitivamente de las dificultades que le había acarreado la decisión unilateral de designarlo, aunque fuere por aclamación popular, Jefe Civil y Militar de Guayaquil. 
La razón inapelable, fue que había sido designado Presidente de la República del Perú, y ese motivo era más que suficiente para que automáticamente renunciase a  la distinción guayaquileña que lo había llenado de satisfacción y orgullo. “A pesar del dolor que le causa dejar su familia y su País, se ve en el preciso e indispensable caso de marchar al Perú (...) y seguidamente manifestó S.E. los más vivos sentimientos de fraternidad, como uno de los mejores hijos que hacen honor al País de su naturaleza; con lo cual se despidió de la Municipalidad”[2].
Como guayaquileños que, además, a lo largo de la lectura nos hemos percatado de la gran astucia y la constante habilidad de Bolívar para apartar de su camino a quienes no le convenían a sus designios, no podemos dejar de pensar, en que Bolívar pudo maniobrar a través de sus incondicionales adeptos de Lima, para alejar a La Mar de Guayaquil.
La partida de Lamar para el Perú, en julio de 1827, dio paso a la instauración de un Gobierno Federativo en el Departamento de Guayaquil. El Cabildo Abierto que lo instituyó (julio 25), aprobó también que el Departamento continuaría vinculado a Colombia por el término de un año, en espera de que en ese lapso fuera convocada la Convención Nacional; de no suceder así, Guayaquil ejercería su derecho para constituirse como a bien tuviere. En lo inmediato, la asamblea declaró que Guayaquil se hallaba en libertad de darse sus propias leyes y designar a sus gobernantes y tribunales, lo que efectivamente hizo; anunció asimismo que se reconocería el pago de la deuda pública y los grados y empleos militares. Para acabar de cimentar su proyecto federativo, la asamblea designó a Diego Noboa para Intendente del Departamento y al coronel Antonio Elizalde –sobrino de Lamar– para Comandante General[3].
El día 20 de julio se dispuso la convocatoria de una gran Asamblea para el día 25, “para tratar sobre este particular y lo demás que convenga en beneficio de esta Capital y su Departamento”[4]. En ella se trataron y aprobaron quince puntos sobre la situación relacionada con la revolución de abril. Finalmente, la asamblea resolvió, con el apoyo del pueblo, cancelar a los empleados públicos, que al momento del enfrentamiento y la defensa del Departamento ante la agresión del Gobierno, habían abandonado la ciudad. 
Ese mismo día, fueron nombrados Diego Noboa como intendente del departamento y el coronel Antonio Elizalde, como comandante general de armas, y al disolverse la Asamblea, el pueblo manifestó su satisfacción por el éxito obtenido en tan numerosa manifestación pública. En esta, se resolvió también despachar al Libertador un correo en que las autoridades guayaquileñas expresaban su pensamiento en torno a los acontecimientos.
El 16 de agosto de 1827, circuló un suplemento del periódico de la ciudad, el semanario El Patriota de Guayaquil, informando a la ciudadanía que “Los pueblos de Portoviejo, Jipijapa y Montecristi apoyan el pronunciamiento de Guayaquil por el gobierno federal, y reconocen a los nuevos jefes civiles y militares del Departamento encabezados por Diego Noboa y el coronel Antonio Elizalde”[5].
Esto, más el recibimiento que prodigaron en Manabí a los hombres de la Tercera División, demuestran que lo acontecido involucraba a todo el Departamento de Guayaquil. Así continuó el semanario propalando las ideas federalistas, presto a secundar a quienes que con valentía se opusieron al Gobierno dictatorial y centralista de Bogotá. 
En estas circunstancias, Flores, connotado miembro de la aristocracia terrateniente quiteña, cesó de acosar militarmente a la ciudad, y, en secreto, se puso en contacto con los líderes del movimiento guayaquileño, aparentando interés en crear un estado federal independiente, formado por los tres departamentos del Distrito del Sur. 
Poco se ha escrito de por qué, cómo y cuándo la ruptura de las viejas relaciones de amistad, entre Bolívar y Rocafuerte, que se produjo precisamente con motivo de las discrepancias que tuvieron en torno a las ideas federalistas, con que don Vicente intentó convencerlo. 
Hay una extensa e interesante correspondencia, mantenida por ambos sobre el tema.  Pero Bolívar jamás estuvo de acuerdo con ellas y peor permitir que los guayaquileños se saliesen con la suya y sus “egoísmos patrios”. Por esa razón una de sus primeras preocupaciones, una vez asumido el poder en Colombia, fue restablecer la tranquilidad y las leyes en el importante Departamento de Guayaquil. Lo cual, en realidad implicaba, reprimir, y someter a quienes se atrevieron a soñar con la autonomía. 
Para ello, mediante una proclama, se dirigió al pueblo, acusando a los dirigentes de ser los causantes de la división, e instándolos a abrazarse fraternalmente “a la sombra de los laureles, las leyes, y el nombre de Colombia”[6]. Instancia que deja ver con claridad la diferencia entre la “diplomacia” de ese momento y la prepotencia esgrimida durante la toma militar de Guayaquil en julio de 1822.
Por entonces, cuando apenas habían transcurrido cinco años de la lucha en la ciudad por decidir qué destino tomar, es muy posible que estos deseos persistiesen. Aunque no en las mismas proporciones originales, pues la decepción y arrepentimiento de los bolivaristas era muy profunda. Sin embargo, deben haber existido grupos cuyas simpatías tendían indistintamente al federalismo, la sujeción al centralismo colombiano o el sometimiento a las ya marcadas ambiciones peruanas, situación que debe haber generado tensiones internas. 
Aprovechando el estado de agitación en que se encontraba la ciudad, los simpatizantes peruanos, dirigidos por los comandantes José Antonio Carvallo, Juan José y Ramón Arrieta[7], se amotinaron con la finalidad de proclamar su pertenencia al Perú. Mas, al no encontrar el apoyo del pueblo, se acobardaron, y en apenas dos días fueron anulados por las fuerzas del Gobierno guayaquileño. 
Este alzamiento desprestigió al movimiento federalista y al Gobierno del Departamento, permitiendo que Flores, quien permanecía agazapado en espera de la oportunidad para aplastarlos, se valió de una argucia para engañar a Elizalde, y conseguir el sometimiento de las tropas de la guarnición.
Flores y el general Ignacio Torres entraron en Guayaquil y el 25 de septiembre de 1827, entregaron al intendente Diego Noboa, que había tenido una enérgica actitud cuando se produjo el “motín de los Arrietas”, una carta fechada en Bogotá en agosto 15, mediante la cual se le informaba que el secretario de Estado y del Interior, por disposición del vicepresidente, general Santander, había designado intendente de Guayaquil al general Ignacio Torres. También se le informó que, estando ya convocada la Convención Nacional, que debía dilucidar la aspiración federalista de los guayaquileños, era necesario que todo volviese al orden constitucional. 
Antes de pronunciarse el Cabildo escuchó el dictamen de diez padres de familia y principales vecinos.[8]Todo esto deja en claro, que nunca hubo la apertura para entender qué y cuáles eran las posiciones guayaquileñas.
En los días subsiguientes, el general Torres, quien había sido posesionado como intendente por el Cabildo, se retiró y designó como tal al almirante Juan Illingworth[9]. Por lo cual, superado el conflicto y a la hora de las retaliaciones, el semanario El Patriota de Guayaquil, medio de expresión de la libertad ciudadana, fue clausurado en forma definitiva el 15 de septiembre de 1827. 
Y, lo sorprendente, es que haya sido hecho con la anuencia y conocimiento de Bolívar. ¿O no lo fue? Cinco meses duró el conflicto, y la decisión de los guayaquileños fue tal, que Flores no se atrevió a asaltar la ciudad por temor a sus resultados y consecuencias. Entró a ella por un ardid y cuando ya no habían tropas para sostenerla.
La Convención Nacional parcial al Gobierno central colombiano, fue una verdadera maniobra política que desvió la atención, y dejó sin piso legal a la transformación política por la que los guayaquileños lucharon. Sometidos a la autoridad colombiana, de la cual nunca tuvieron la intención de separarse (hay documentos que prueban), continuaron en las mismas o peores condiciones. 
Flores, por disposición del Libertador asumió el control total y definitivo del Distrito del Sur. Su triunfo sobre la intención guayaquileña de recuperar su autonomía mediante la constitución de un gobierno federal, es la misma semilla que permanentemente le germina al provincialismo y centralismo ecuatoriano para mantener sus privilegios en desmedro de la unidad y el progreso nacional. 
La historia nos enseña que la revolución del 16 de abril de 1827, no fue ni la primera ni única expresión de autonomía solidaria guayaquileña. Ni será la última, pues este sentimiento cada vez adquiere más fuerza, y la alcanzaremos para bien del Ecuador. Es la única forma y camino con que los ecuatorianos podríamos unirnos e integrarnos como una nación diversa.



[1] Proclama del Cabildo de Guayaquil, publicada el 5 de julio de 1827, en la Imprenta de la Ciudad. Colección Biblioteca Carlos A. Rolando, copias AHG.
[2] Acta del Cabildo de Guayaquil, celebrado el 20 de julio de 1827.
[3] Núñez, Op. Cit., p. 251.
[4] Acta del Cabildo del 20 de julio de 1827.
[5] Acta del Cabildo del 20 de julio de 1827.
[6] Acta del cabildo celebrado el 27 de agosto de 1827
[7] Asonada que fue conocida como el “motín de los Arrietas”, que se produjo entre el 9 y el 11 de septiembre de 1827.
[8] Acta del cabildo celebrada el 25 de septiembre de 1827.
[9] Actas del Cabildo, celebrados el 30 de septiembre y el 16 de octubre respectivamente.

jueves, 7 de junio de 2018





16 de abril de 1827, II
Con el fin de trasladarse al Distrito del Sur, su tierra natal, en abierta rebelión contra el gobierno centralista, tropas y oficiales se movilizaron, unos hacia el Azuay y otros, por mar, a Guayaquil. El teniente coronel José Bustamante tomó el mando de Rifles, Araure y del regimiento de húsares. Penetró a territorio colombiano por la vía de Macará, y entregó el mando al coronel Juan Bautista Elizalde de los batallones Caracas y Vencedores, con los cuales, a principios de abril, desembarcó en algunos puntos de las playas manabitas[1].
Se debe reparar hacia dónde se movilizaron estas tropas. Y se encontrará, que desde la lucha por nuestra independencia hasta las reacciones contra el centralismo colombiano, Cuenca y Guayaquil, siempre coincidieron.
Una vez reunidas las tropas y formadas en compañías penetraron al territorio de la provincia hasta llegar a las goteras de Guayaquil. El coronel Juan Francisco Elizalde al mando de 400 hombres, se acantonó en sus inmediaciones. 
Ante la presencia de tal contingente armado, el coronel Vicente González, hombre profundamente nefasto y de mala recordación para los guayaquileños, fue enviado a reclamar a Elizalde la sumisión a las autoridades del Departamento. Pero su respuesta tajante, fue la de exigir la inmediata desocupación del territorio por parte de las autoridades departamentales, las cuales ante tal amenaza se pusieron en fuga.
La influencia del pensamiento de Olmedo y Rocafuerte, respecto a la necesidad de que Guayaquil se constituyera en espacio autónomo o federal, desde los años previos y posteriores a la revolución de Octubre, caló hondo en el espíritu abierto, buscador y rebelde de los guayaquileños. 
Así germinó, sin ninguna dificultad, en el campo abonado por el sentimiento autonomista mayoritario, que primó en nuestra ciudad desde la época colonial. Esta actitud se fue acentuando conforme sus elites y el pueblo tomaron la decisión. La fuerza del republicanismo ilustrado de Olmedo que desde su juventud orientó su pensamiento hacia la democracia, y concibió los fundamentos de la autonomía guayaquileña, sumados al federalismo propiciado por Rocafuerte, que en defensa del sistema establecido en México, publicó su obra Ventajas del Sistema Republicano, Representativo, Popular Federal(1827), sentaron sus reales en la conciencia ciudadana hastiada de abusos y atropellos. 
En esta obra, Rocafuerte, influenciado por la experiencia del gobierno representativo practicado en las Cortes españolas, proclama al sistema republicano y constitucional de gobierno, como el camino para alcanzar el éxito administrativo de los países poscoloniales, y, recomienda la adopción y perfeccionamiento de las instituciones liberales, como indispensables para alcanzar el desarrollo y la prosperidad. 
La intención de Guayaquil de constituirse en un estado federal dentro de la República de Colombia, no fue, de ninguna manera, un movimiento novelero salido del tropicalismo de sus ciudadanos. Es la respuesta a un profundo pensamiento político, a una ideología que se nutre de la libertad inmanente a la naturaleza humana. En esencia, las ansiadas autonomías de hoy, tienen el mismo origen, son el producto de las ideas de Olmedo y Rocafuerte, que, a lo largo de los años, al fin, parecen querer concretarse.
Evidentemente esta forma de pensar que fue determinante para la aspiración federalista que tomó cuerpo en Guayaquil a partir de 1826. Desgraciadamente, numerosos gobiernos y el propio Rocafuerte, en su momento, recurrieron a la fuerza como medio de resolver los conflictos sociales, económicos, políticos y religiosos que dividían al país.
La presencia de Elizalde (hermano de Antonio, héroes y próceres del 9 de Octubre, quien no era un invasor ni un insubordinado) y sus tropas, que era cosa esperada por los guayaquileños. Fue recibida por los autonomistas o federalistas de toda la provincia, como una oportunidad imposible de desperdiciar. 
Con el respaldo de aquella fuerza militar, en la mañana del 16 de abril, el pueblo exacerbado desconoció la autoridad del Jefe Superior del Sur, coronel José Gabriel Pérez, pero se ratificó en la obediencia a la Constitución y leyes de Colombia. Las tropas que guarnecían la ciudad, al mando del coronel Antonio Elizalde y del segundo comandante del batallón Guayas, teniente coronel Rafael Merino, se amotinaron, y sometieron al cuartel de artillería, situado al norte de la ciudad. 
Por otra parte, el general Barreto se apoderó de la mayor parte del escuadrón de Húsares, con los cuales sometió la guarnición y puso en fuga a las autoridades que regían el Departamento. Entre ellos, los generales Valdés, y Tomás Cipriano Mosquera, el coronel Rafael Urdaneta, y los comandantes Campos y Lecumberry, además, de 14 oficiales de diferentes graduaciones. 
Con el apoyo del capitán del puerto, Manuel A. Luzárraga,buscaron refugio en los bergantines de guerra “Colombia” y “Congreso”, y los buques “San Vicente” y “Olmedo”, fondeados en el río Guayas. “Guayaquil se presenta en el día bajo una administración, regida por las leyes de la República de Colombia, y unido a la Nación; sin embargo, de hallarse disueltos los vínculos constitucionales”[2].

Guayas y Manabí, federalistas
La Corporación Municipal, reunida en asamblea, se pronunció por la protesta revolucionaria de la Tercera División Auxiliar al Perú, y, en vista que las autoridades nombradas por el ejecutivo de Colombia, habían abandonado sus cargos, resolvió designar al mariscal La Mar para dirigir la administración departamental civil y militar. Destacado militar y ciudadano que se hallaba casualmente en su propiedad agrícola de “Buijo”, en espera de asistir como diputado al Congreso peruano. 
La ciudadanía en su permanente búsqueda por los cambios políticos y administrativos nacionales profundos, que habían sido puestos en el tapete, pero no discutidos ni resueltos, previendo ataques armados no escatimó sacrificios personales ni económicos, por lo cual, el Cabildo estableció “las cantidades recibidas últimamente del vecindario en calidad de préstamo”[3].
Al día siguiente, Mosquera envió una carta al mariscal La Mar, en la que pide explicaciones e información sobre los motivos que tuvo la ciudadanía para destituirlo de su cargo constitucional, y le asegura que se encuentra tranquilo, al saber que gracias a él (La Mar), reina el orden en la ciudadanía[4].
Apenas producidos los acontecimientos, los guayaquileños, pese a estaren estado de rebelión, se manifestaron unánimemente por afirmar la sujeción a la República. Por conducto del ministro de Estado del Interior,procedieron a informar al ejecutivo de todo lo ocurrido el día 16, y de las intenciones que estos hechos tenían. Pues se consideraba de absoluta necesidad que el gobierno estuviese al tanto de lo sucedido. 
Simultáneamente se puso al corriente a la “Honorable Cámara del Senado de la República, por conducto de los señores Doctores FranciscoMarcos y Pablo Merino, nombrados por este Departamento”[5]:
habiendo venido a esta Capital por orden del Supremo Gobierno de la Nación, el señor General de Brigada Antonio Obando, a hacerse cargo de la Tercera División Militar del Perú, que se halla en parte en este Departamento, le ordena a su señoría Ilustrísima (La Mar) haga efectiva la orden del Supremo Gobierno, mediante a hallarse a la cabeza de Guayaquil desde el amotinamiento de las tropas en la mañana del 16 de Abril último. (...) que habiendo cambiado las circunstancias de Abril acá, y teniendo el Gobierno más que medios suficientes en el Sur para hacer respetar su autoridad, ponga en posesión del mando de ese Departamento al citado señor General Obando, quien tiene instrucciones para restablecer el orden constitucional, el Gobierno y las autoridades legítimas, añadiendo que no quiera Dios, que, continuando su marcha los autores del amotinamiento del diez y seis, intenten envolver este Departamento en miserias y ruina, etc.; concluyendo, que si por desgracia así sucediere, a pesar de lo sensible que le será emplear la fuerza, lo hará porque es de su deber, y porque el Gobierno lo ordena[6]
El general Antonio Obando, enviado por el mando militar del Departamento del Sur, vino a Guayaquil para hacerse cargo del comando de las tropas. Pero la oficialidad de menor graduación, que eran los verdaderos comandantes de la fuerza con que se contaba para impedir la toma de la ciudad, no se sometieron (cortésmente) a su autoridad militar. La ciudadanía que estaba de acuerdo con la implantación del federalismo como forma de gobierno, los respaldó, por lo cual, al poco tiempo, el general Obando pidió su retiro del conflicto. 
“Y, habiéndose leído, se penetró esta Municipalidad de los buenos sentimientos con que se conduce el señor General Obando, y por tanto se acordó que se le conteste, dándole las gracias por su laudable comportamiento en beneficio de la paz y tranquilidad de esta Capital y su Departamento, como que está bien persuadido por, experiencia práctica de que no se apetece otra cosa, sino el orden en todo obedecimiento al Gobierno”[7].
La ciudad y sus autoridades tenían a Obando como su testigo del cumplimiento de la Constitución y las leyes colombianas. De la situación política y del ánimo colectivo, que no era otro que el de esperar la respuesta del Gobierno respecto a sus aspiraciones de constituir un estado federal. Confiaban que la palabra y el honor del general, lo llevarían a testificar honestamente sobre la real situación político-administrativa en que se hallaba Guayaquil. Sin embargo, las cosas no ocurrieron de la forma esperada.

A todo esto, el general Pérez, ansioso por someter a Guayaquil, había ordenado a Flores el asalto a la ciudad. En los días siguientes, se cumplió una comisión presidida por el general Juan Paz del Castillo, que se entrevistó con Flores, de cuya reunión, no salió nada positivo, sino la ratificación de las intenciones de Pérez de tomar la ciudad por la fuerza. 
El 12 de junio, con la presencia del mariscal La Mar y del general Obando, el Cabildo redactó la respuesta al general Juan José Flores, ratificando la lealtad de Guayaquil a Colombia y la decisión de sacrificarse contra cualquier agresión:
Los Cuerpos de la Tercera División Colombiana, están bajo las órdenes del benemérito señor General Antonio Obando, y ni el Gobierno de este departamento ni la Municipalidad, pueden deliberar cosa alguna sobre ellos. El Batallón “Guayas” no puede ser disuelto, sin expresa orden del Gobierno Supremo. A Guayaquil no pueden venir el batallón “Quito” ni el Escuadrón Cedeño, sin la misma orden, y los Jefes y Oficiales veteranos comprometidos en el acontecimiento del 16 de abril último, deben aguardar las superiores resoluciones por estar comprendidos sus procedimientos en lo mismo de que se ha dado cuenta (...) El señor General Antonio Obando, se manifestó ratificando sus mismos anteriores sentimientos; y el señor Gran Mariscal la Mar, ratificó también los suyos. La Municipalidad, con toda la efusión que corresponde a su deber en las actuales circunstancias en el preciso caso de defender esta Capital y su Departamento, se contase en todo y para todo con cuantos auxilios y recursos estén a los alcances de esta Corporación, y que bajo este firme concepto operen en sus disposiciones según lo tengan por conveniente (...) y así puede V.S., seguir profanando nuestro suelo en la suposición de que todos los guayaquileños están prontos a sacrificarse por defender sus hogares y sus hijos, siendo V.S. responsable ante el Supremo Gobierno y ante el mundo entero, de cuantos males sobrevengas por tan injusta agresión[8].
Desde los primeros días de julio, la ciudadanía estuvo sometida a gran agitación e incertidumbre. por sospechosa actividad del general Flores y sus tropas, que habían comenzado su retirada hacia el interior, abandonando la intención de tomar a Guayaquil por la fuerza: “El ejército que marchaba sobre Guayaquil ha regresado al Ecuador a situarse en diferentes puntos del Departamento. Esto debido a la tensa situación suscitada por la idea federacionista de Guayaquil”.[9]
El general Obando era un mediador pacifista, que no deseaba una guerra civil. Mas, la presión militar ejercida por Pérez y Flores, contrarios a su actitud lo forzaron a retirarse del mando. Acto seguido, por intermedio del cura de Daule, fray Juan de Herrera Campuzano, Flores, en un intento de sembrar el temor, anunció que Pérez había retomado el mando y dispuesto nuevamente la acción de fuerza. Y según él, eran órdenes que debía acatar por ser este su superior. Mediante el mismo fraile, el Cabildo le respondió con una altiva nota, cuyo texto se dio a la imprenta y circuló profusamente entre el vecindario. 



[1] “Si en lugar de dividir sus fuerzas hubiera Bustamante atacado y tomado a Guayaquil con todas sus tropas, y seguido su marcha hasta Pasto a dar la mano al Gobierno constitucional, la dictadura de Bolívar habría acabado desde entonces.” Francisco Xavier Aguirre Abad, Op. Cit. p. 445.
[2] Semanario El Patriota de Guayaquil, del 16 de abril de 1827.
[3] Acta delCabildo de Guayaquil celebrado el 17 de abril de 1827.
[4] O’Leary, Op. Cit., Tomo XXV, Carta de T.C. Mosquera a La Mar del 17 de abril de 1827, pp. 254-255.
[5] Acta del cabildo celebrado el12 de mayo de 1827.
[6] Ibídemcabildo del6 de junio de 1827.
[7] Acta del Cabildo de Guayaquil celebrado el8 de junio de 1827.
[8] Acta del cabildo celebrado el 12 de junio de 1827.
[9] Semanario El Patriota de Guayaquil, 6 de julio de 1827.

martes, 5 de junio de 2018







16 de abril de 1827 Segundo Intento Autonómico

A lo largo de los pocos años de dependencia de Colombia, en distintos tonos y oportunidades, los guayaquileños expresaron su latente autonomismo, fomentado y fermentado por el centralismo colombiano. La reacción más seria tuvo su inspiración, cuando el 27 de enero de 1827, la Tercera División Auxiliar al Perú, formada por los batallones colombianos (compuestos mayoritariamente por hombres del Distrito del Sur) “Araure”, “Rifles” “Caracas” “Vencedores” y un regimiento de húsares de Junín, constituido por dos escuadrones, se sublevaron en Lima. A la cabeza de la rebelión, como jefe de Estado Mayor, estaba el teniente coronel José Bustamante y el coronel Juan Francisco Elizalde La Mar, ambos guayaquileños, este último primo del gran mariscal La Mar. 

Bolívar, ya no se encontraba en el Perú y los soldados colombianos que habían cumplido con honor y gloria la guerra por la independencia de ese país, luego de tres años de permanencia en él, deseaban volver a su patria. Nada, excepto la disciplina y los planes del Libertador, parecía obligarlos a mantenerse lejos de su terruño. Además, su presencia, no solo causaba desazón en el pueblo peruano, si no que, también, deseaban liberarse de las “tropas extranjeras que vejaban a las poblaciones con las insolencias de vencedores, que consumían las rentas después de haber sido magníficamente recompensadas.” [1]Todo esto los convertía en blanco del más grande repudio. Se ha dicho que fueron estimulados con dinero para que procedan como lo hicieron, es posible. Pero, también, debemos reconocer que los peruanos estarían hartos de ellos y estos de guerrear y permanecer tanto e inútil tiempo en tierra extraña. Era la conjunción de hastío, cansancio, repudio y rechazo a la prepotencia.

Hay historiadores que aseguran que la causa de esta acción nace de un contubernio entre los gobiernos del Perú, Estados Unidos y Santander, vicepresidente de Colombia, en alianza secreta con La Mar, con la finalidad de derrocar al gobierno centralista colombiano. Los hay también que sostienen que se le dio dinero a Bustamante y a Elizalde para incorporar a Guayaquil al Perú. [2]Nosotros no creemos esta especie porque se fundamenta en calumnias nacidas de quienes desconocen la permanente presencia del espíritu autonómico guayaquileño y de los aferrados a Colombia. Por otra parte, era evidente que los Estados Unidos, encontraban inconveniente a sus intereses el establecimiento de otra nación poderosa al sur del continente y su intervención fue más que probable. 

Las cosas no eran así de simples, nacidas de juicios, puramente, desde el punto de vista colombianista. En primer lugar, la utopía de Bolívar de crear una Colombia grande en base a nuestros atrasados y distantes países entre sí, desarticulados física y espiritualmente, no pasaba de ser eso, una quimera. El proyecto de esta nación grande “no contó con mayor sustento económico, lo que impidió atender muchos aspectos de la vida del país, así mismo, no logró la cohesión de sus regiones, permitiendo en ocasiones la competencia y hasta la rivalidad.” [3]Roto el único eslabón que los unió, esto es, la lucha mancomunada por la libertad, las tendencias políticas, los intereses e identidad de cada distrito y departamento, pugnaron por agruparse en sociedades independientes y autónomas. Además, emergieron a la superficie de la pugna los intereses de los caudillos militares, formados en la guerra, con sus propias ambiciones y aspiraciones.    

En segundo lugar, la insurrección de enero no respondió a ningún plan preconcebido, es una acción, que inclusive tomó de sorpresa a los peruanos, al punto de apresurarse “a proporcionar a los sublevados los transportes, y cuanto para su regreso a Colombia les era necesario, después de pagarles una gran parte de sus haberes militares.” [4]

El espíritu autonómico característico de los guayaquileños (de ayer y de hoy), en particular, se valió de ella, como ya lo hemos dicho, como una coyuntura buscada desde mucho tiempo atrás. Creyeron que, aprovechándose de esta presencia militar, que aparentemente equilibraba fuerzas, lograrían librarse de una dominación odiosa desde sus primeros momentos. En esta ciudad y su provincia, las guarniciones estaban formadas por extranjeros, no había tropas confiables, locales, para tales propósitos.

Recordemos que, lo primero que hizo Bolívar, para asegurar la ninguna resistencia armada a la anexión de la Provincia Libre, en julio de 1822 y evitar el alzamiento de los espíritus rebeldes que él mismo había constatado existían, fue no dejar en ella un solo cuerpo militar formado por hombres nativos. Obrando con astucia y para asegurar sus planes, a todos los envió al Perú. De allí que, es imposible no colegir que estos conformaban, mayoritariamente, la división sublevada en Lima. En esta ciudad, mantuvo solamente jefes y tropas granadinas y venezolanas. Digo que fue una coyuntura, pues de la misma forma ocurrió con la Revolución de Octubre de 1820; la presencia de los oficiales venezolanos, Urdaneta, Febres Cordero, etc., fue la opción y oportunidad militar esperada. Así la rebelión del Perú, realizada por tropas y oficiales guayaquileños y azuayos, y la casual presencia de La Mar en su hacienda Buijo [5]se complementaron, muy convenientemente con su vieja e inmanente aspiración autonomista. 

Ha de recordarse que el gran mariscal La Mar, nació en Cuenca: fue cuñado de Vicente Rocafuerte y gran amigo de Olmedo; tío de los coroneles Juan Francisco y Antonio Elizalde La Mar. El primero de ellos, alto oficial de la Tercera División insurrecta y factor decisivo para su rebelión en Lima y de la invasión a los departamentos de Azuay y Guayaquil. Su hermano Antonio era jefe de estado mayor de la plaza de Guayaquil. Entonces, si los vínculos entre participantes eran tan evidentes, no se debe afirmar que fuerzas externas impulsaron la revolución federalista de Guayaquil. Por eso no coincidimos con aquello de calificar (apresuradamente) a La Mar de traidor. Concordamos plenamente con lo que sostiene el doctor Pío Jaramillo Alvarado respecto a este valioso militar azuayo 

Su participación, por haber estado presente, de forma accidental, como consta en las actas del Cabildo guayaquileño, fue obligada precisamente por que mediaban estas características de nacionalidad común, familia y amistad. No es posible, entonces, que esta insurrección guayaquileña haya tenido el respaldo de Santander, quizá urdió darlo posteriormente. 

En el acta del Cabildo celebrado el mismo día de la revolución, consta que La Mar, fue obligado por la Corporación Municipal a asumir la dirección del departamento de Guayaquil. Además, en carta dirigida al general José Gabriel Pérez, Jefe Superior del Sur, confirma lo anterior, diciendo: “Señor General: A US. consta que yo estaba en el campo y que vine a esta ciudad el 15 del corriente teniendo ya listo el buque que debía conducirme a Lima como Diputado al Congreso, que debe reunirse el 1º del mes de Mayo próximo; por tanto, solo puedo responder a la nota apreciable de US. acompañándole el acta celebrada por esta Ilustre Municipalidad, que me ha puesto en el terrible compromiso de admitir este mando; ya se ve, que se me ha hecho creer que así se evitarían muchos males”. [6]

En el mismo sentido, el 18 de abril, La Mar se dirige al Secretario de Estado del Departamento del Interior, explicando que a pesar suyo, se encuentra comprometido con la dirección del departamento, pues no obstante su oposición, fue, por decisión popular, obligado a asumir; “no habiendo podido lograr que el pueblo, ni la misma Municipalidad atendiesen mi profunda resistencia como General peruano y que estaba a punto de marchar a Lima como Diputado al Congreso que debe reunirse allí el 1º de Mayo Próximo”. [7]Estos son documentos que reafirman su ningún interés por desempeñarse en cargo destacado alguno o de anexar Guayaquil al Perú, como se lo ha asegurado en forma malintencionada.

Los hechos
Tanto el departamento de Guayaquil, como todo el territorio de la antigua Audiencia, estaban subordinados a lo que disponía un decreto legislativo, promulgado el 9 de julio de 1821, mediante el cual se había otorgado a Bolívar facultades extraordinarias para con la fuerza militar, establecer el control y gobierno de las provincias liberadas. Este decreto continuó en vigencia por muchos años y, consecuentemente, las garantías constitucionales colombianas solo eran letra muerta. Esta libre disposición sobre vidas y haciendas, que les había permitido esquilmar y atropellar los derechos de las gentes en todo el país hoy ecuatoriano, estimuló un profundo odio, que los habitantes del litoral, en particular los de Guayaquil, conservaban profundamente arraigado hacia el militarismo extranjero, especialmente contra el colombiano. 

Hasta el año de 1828 se vivía en el Sur bajo el régimen de terror. Salom en Pasto y después su teniente el Coronel Flores, en Quito el Coronel Morales y en Guayaquil el General Juan Paz del Castillo comprimían no solo los movimientos revolucionarios como en Pasto, sino que castigaban de muerte por las más ligeras sospechas. Estas escenas de sangre servían en Guayaquil para avivar la odiosidad a los colombianos y en las demás provincias para hacerles arrepentir del entusiasmo con que habían recibido a sus Libertadores haciendo por ellos los más nobles sacrificios. (...) la Constitución de Colombia no existía sino en el nombre, en los Departamentos del Sur, gobernados arbitrariamente por un Jefe Superior, empleo inconstitucional que dependía del Libertador, de quien recibía órdenes en todo lo relativo a la guerra y aun a otras ramas de la administración, por poco que tuvieran relación con ellas.  [8]

Por estos antecedentes de sujeción ominosa y centralismo excluyente, es que, tan pronto se produce en Lima la insurrección de las fuerzas especiales que prestaban servicios en ese país, los guayaquileños, con la revolución del 16 de abril de 1827, se proponen exigir a Bolívar el establecimiento de un gobierno federal para organizar de mejor manera la administración de Colombia, que ya traslucía situaciones críticas.


[1]Francisco X. Aguirre Abad, Op. Cit., pp. 444-445.
[2]La nota del General La Mar de 12 de mayo al General Flores, justifica que la pretensión de estos sediciosos era sustraer a Colombia sus Departamentos del Sur y agregarlos al Perú en cambio de un poco de dinero ofrecido a Bustamante y sus cómplices. A.J. de Sucre, Op. Cit., pp. 328-330.
[3]María Susana Vela Witt, el Departamento del Sur en la Gran Colombia, 1822-1830, Quito, Abya-Yala, 1999, p. 105.
[4]Aguirre Abad, Op. Cit. pp. 444-445
[5]La Corporación Municipal, reunida en asamblea, se pronunció por el golpe revolucionario de la Tercera División Auxiliar al Perú, y, en vista que las autoridades nombradas por el ejecutivo de Colombia, habían abandonado sus cargos, resolvió designar al mariscal La Mar –que se encontraba en su propiedad agrícola de “Buijo”– para dirigir la administración departamental civil y militar. José Antonio Gómez, Algunos referentes históricos guayaquileños, Guayaquil, ESPOL, 2000, p. 120.
[6]Daniel Florencio O’Leary, Memorias del general O’Leary, Caracas, Editorial El Monitor, 1884., Tomo XXV, pp. 254-255.
[7]O’Leary, Op. Cit., Tomo XXIV, p. 257.
[8]Francisco X. Aguirre Abad, Op. Cit., p. 431-432.

viernes, 1 de junio de 2018




La constante expresión del rechazo guayaquileño.

Sabemos que la Provincia Libre fue anexada a Colombia manu militari por Bolívar y con el apoyo de unos cuantos guayaquileños encabezados por Vicente Ramón Roca y José Leocadio Llona. [1]A fin de, artificiosamente, dar un respaldo legal a la anexión y obtener el pronunciamiento favorable, primero del Cabildo y luego del Colegio Electoral, el procurador Llona, fabricó el “multitudinario respaldo” de 193 firmas. Con este documento se presentó ante el Concejo en pleno, exhibiendo una representación que pedía la incorporación a Colombia. Al ser analizadas tales firmas que había recogido, se comprobó que, de los 193 firmantes, 78 eran religiosos e hijos de familia, y en sus cuatro sextas partes correspondían a analfabetos. Además, quedó al descubierto, que en el documento constaban tres firmas triplicadas y diez duplicadas. 

Naturalmente, tal representación sufrió el rechazo de los cabildantes, quienes resolvieron que “No siendo la expresión de las ciento noventa y tres firmas de las personas que suscriben la instancia, la que forma el voto libre de los vecinos de esta capital, devuélvase por inconforme al decoro y regularidad con que procede esta Corporación.” [2]Además, la entrada de Bolívar a la ciudad con los hombres de la Guardia, exasperó aun más el odio de aquellos guayaquileños que no tenían el poder de las armas y que rechazaban la forma como la incorporación había sido cumplida. “Así se explica el comentario de Illingworth que. cuando su Excelencia el Libertador entró en la Provincia y fui a su encuentro; el señor (Vicente Ramón) Roca me acompañó en medio de las maldiciones de sus paisanos.” [3]Estas deformaciones de la verdad, con las que se quiso dar un viso de legalidad a la forzada incorporación, provocaron que los guayaquileños apenas en enero de 1823, a seis meses de la fecha de anexión, se manifestaran desafiantes a la fuerza militar, aun con la presencia de Bolívar en el país. El descontento y la crítica constante y el repudio a la acción cometida, se manifestaba públicamente.

El señor Procurador General expuso: que con motivo de las falsas imputaciones que se hacen cada día contra la conducta del pueblo de Guayaquil, en su agregación a la República de Colombia, como también contra S.,E. el Libertador, era preciso que la Municipalidad, como que representa los derechos del público, tomase a su cargo hacer una manifestación que vindique y ponga a cubierto la conducta que se ha observado, y en que se conocerá las justas causas que ha tenido Guayaquil para su agregación. Este Ayuntamiento, penetrado de tan necesario y laudable objeto, comisionó al mismo señor Procurador General, para que formase el plan y obra del manifiesto [4]y que lo presentase al Cuerpo para su aprobación. [5]

“En Guayaquil hubo una conspiración de asesinos para matar y saquear. [6]No mando el parte oficial porque no ha venido aun (...) Aquí el coronel de milicias, Aguirre, quiteño, buen colombiano, ha tenido una disputa sangrienta con la municipalidad por un negocio insignificante. Aguirre prendió a cuatro de los capitulares y los mandó a mi encuentro porque dice que son bochincheros y enemigos de Colombia. No falta una docena de descontentos, porque no les han dado destinos lucrativos, Sucre consultó si debía emplearlos y le aseguraron los hombres principales de aquí, que eran hombres perdidos, viciosos, aunque antiguos patriotas. El hecho es que esta docena de bochincheros ha empezado a moverse desde que vieron la carta de San Miguel, mas no pueden hacer nada porque aquí la democracia hace poco papel, porque los indios son vasallos de los blancos y la igualdad destruye la fortuna de los grandes. Más desean aquí un inca[7]que un libertador: así esté Vd. cierto que no habrá novedad por esta parte. No había comunicado a Vd. esta miserable noticia antes, porque todavía no se ha tenido de la sala de justicia que debe fallar en el negocio de Aguirre contra los capitulares. (...) Yo puse en libertad inmediatamente a dichos capitulares, y ellos se muestran agradecidos de este rasgo constitucional, sin embargo, no he dejado de aprobar en mi corazón el celo de Aguirre, porque siendo quiteño y el jefe del antiguo partido de los Montufar ha mostrado que la gente principal de Quito es fuertemente adicta a Colombia.” [8]

Estas palabras de Bolívar, “conspiración de asesinos” se sustentan en la exageración y en lo falso de su actitud, pues él, lo que buscaba, era destruir todo lo que de alguna manera pudiera significar un peligro potencial a la permanencia de Guayaquil en Colombia. Recordemos que no tuvo ningún escrúpulo en dar cabida a la pequeñez de la calumnia de Llona y Roca, con tal de eliminar del panorama político a Olmedo y a la Junta de Gobierno. Es necesario reparar también cómo explota y estimula las diferencias regionales con la expresión “quiteño, buen colombiano”. Y, al referirse a que lo principal de Quito, es colombianista, cómo privilegia y valora los servicios que su elite prestó para lograr la ansiada anexión. Los complotados, a que se refiere, no eran asesinos, eran capitulares, o sea miembros del Municipio, y tan no era una conspiración “para matar y saquear”, que los cabildantes que no intervinieron, y adversos a los complotados, la califica de “revolución.”

Con motivo de estar entendida esta Municipalidad, que han fugado dos de los más complicados en la revolución que, se intentaba en esta ciudad el día quince por la noche, de este presente mes, en que se hallaba de Jefe de Día el Comandante Peña, habiendo salido de ronda, encontró el cuartel de la Aguardentería muy descuidado, acordó esta Corporación hacerlo presente al señor Intendente por medio de un oficio, a fin de que tome las medidas convenientes; pues, si acaso los revoltosos no consiguieron su fin en el acaecimiento anterior, viendo el descuido y confianza con que se les trata, pondrán los medios más oportunos para lograr su depravados intentos. [9]

La misma violencia e intransigencia que desplegó para incorporar a Guayaquil a como diera lugar, la mantuvo como una constante en el tiempo. Cuando los peruanos, posesionados de Guayaquil, se negaron a desocuparla luego del tratado de Guayaquil, él, el Libertador en persona, marchó desde Colombia al frente de las tropas para recuperarlo. Esta empresa no la confió ni siquiera a Sucre, peor a Flores, el verdadero causante y atizador del fuego de la guerra con ese país. Él era el único capaz de someter a los guayaquileños empeñados en la permanencia de las tropas, que representaban la intención autonomista de La Mar. 
El próximo artículo trata sobre el 16 de abril de 1927, apenas a cinco años de sujeción a Bolívar se produce la primera revolución que buscaba la autonomía de la Provincia Libre.



[1]Ninguno de los dos nombrados, participó  
[2]Acta del Cabildo de Guayaquil celebrado el 13 de julio de 1822, AHG.
[3]Cubitt, en Julio Estrada Ycaza, Op. Cit., p. 521.
[4]El Procurador General era el señor José María Santistevan, quien al no ser aprobado el manifiesto que le encargaron, renunció, Acta del cabildo celebrado el 24 de enero de 1823, Tomo XXX, 1822-1825, AHG. 
[5]Acta del cabildo celebrado el 3 de enero de 1823. Archivo Histórico del Guayas, Tomo XXX, 1822-1825. 
[6]Bolívar, que, a conveniencia de sus ambiciones, acogió sin vacilar las calumnias endilgadas a Olmedo, y lo humilla con la amenaza de un juicio de residencia, no vacila en llamar asesinos y saqueadores a miembros del Cabildo porteño a quienes, a nombre de un Guayaquil frustrado e irrespetado, asumen una actitud de rebeldía. Nótese también lo exagerado y hasta falso de las expresiones de alabanza al “buen colombiano” quiteño Aguirre.
[7]Los incas jamás lograron poner un pie en el litoral, no resistían el calor ni las plagas.
[8]Simón Bolívar, Op. Cit. Vol. I, carta a Santander de enero 30 de 1823, pp. 716-719. No podemos dejar de reparar en los referentes cómo Bolívar privilegia y valora el servicio que las elites quiteñas le prestaron para lograr sus fines.
[9]Acta del cabildo celebrado el 17 de enero de 1823, Tomo XXX, 1822-1825, AHG.