domingo, 13 de enero de 2019






La Toma d Guayaquil VII
A Fernando Peñalver, escribe: “La libertad del Sur nos ha dado cuatro hermosas provincias: la de Quito es grande, bella y poblada, y Guayaquil es incomparable y preferible a todas, aunque menos poblada; en lo sucesivo dará un millón de pesos anuales”.[1] “Por supuesto todas extorsiones se culparán a Colombia que se haría más odiosa que España, porque, en efecto, ésta no le ha hecho al Sur la mitad del daño que le espera (…) Guayaquil es una ciudad que está toda metalizada; no ha sido guerrera y el gobierno que ha tenido (la Junta) la ha contemplado como la niña de sus ojos (…) Yo sé que en todas partes cuesta tomar hombres, pero aquí es mucho más (…) El amor a la patria no se conoce y por lo mismo tampoco los sacrificios heroicos”.[2]
¿Amor a qué patria?: a una sociedad desconocida, desvinculada a su historia y ajena a su cultura e identidad. A una Colombia, a la que Guayaquil perteneció cuando esta fue virreinato,[3] sin embargo nunca hubo contacto oficial o de comercio con ella. Desamor hacia una patria tan lejana, que la única noticia vinculante es una referencia de 1719, que describe el viaje desde la isla Puná a Guayaquil y hasta Babahoyo, de quien fue el primer virrey de Nueva Granada, el Conde de la Cueva, para desde allí continuar a lomo de mula hasta Santa Fe. ¿Patriotismo y sacrificios heroicos a cambio de qué? ¿Acaso por la felicidad de ser reconocidos como colombianos agradecidos por el sometimiento arbitrario, y la permanente exacción de sus dineros para gastos militares?
El 30 de enero escribe desde Quito a Santander: “En Guayaquil hubo una conspiración de asesinos para matar y saquear (…) La conspiración que se tramó en Guayaquil (…) era un proyecto miserable pero atroz de algunos canallas. Pienso castigarlos ejemplarmente y lo mismo haré con todo lo que ocurra en este país, que está tranquilo y no debemos dejarlo alborotar (…) Ahora mismo sigo a Guayaquil donde tenemos un mundo de tropa y otro mundo de deudas, pero haré frente a todo, porque no faltan recursos (en Guayaquil) para algunos años, aunque estos recursos serán bañados de lágrimas y sangre, porque esta gente es muy dura para dar, y no han padecido todavía las grandes crueldades españolas”.[4]
Cuando en 1823 se inició la campaña para la liberación del Perú, las cosas en nuestro país, especialmente en Guayaquil, se tornaron insoportables. La ciudad fue convertida en centro de reclutamiento, de embarque de tropas y vituallas. Por su condición de ciudad-puerto y provincia de gran productividad, fue transformada en centro de acopio de víveres para alimentar a los miles de hombres acantonados en ella, en espera de ser embarcados. Consecuentemente alcanzó un nivel inflacionario intolerable para sus habitantes de todas las clases sociales y condiciones económicas; la pobreza en el pueblo llegó a niveles de miseria nunca antes experimentados.
Desde un Guayaquil esquilmado y forzado a entregar jóvenes para enviar al Perú, las ganaderías saqueadas y sus semovientes requisados, donde no había mano de obra para movilizar las cosechas, pero sí quien demandaba un patriotismo imposible de sentir para participar en una guerra en tierra extraña a 300 leguas de distancia de sus casas y familias: “Voy a hacer un esfuerzo extraordinario, escribía, para meter en Lima 3000 hombres nuestros a las órdenes del general Valdés (…) Ya hemos gastado cien mil pesos y estamos empezando la empresa (…) Esta ciudad ya no puede quedar sin una guarnición de tropas de Colombia, porque cada día nos estamos haciendo más odiosos con los sacrificios que exigimos a este pueblo, que todo, todo, es comerciante y avaro. Felizmente da con que mantener una fuerte guarnición”.[5]
“Todo ha sido violencia sobre violencia. Los campos, las ciudades han quedado desiertas para tomar 3000 hombres y para sacar doscientos mil pesos. En Quito y Guayaquil se han tomado los hombres todos, en los templos y en las calles, para hacer la saca de reclutas. El dinero se ha sacado a fuerza de bayoneta”. “Guayaquil es el punto más importante del Sur y para su defensa necesita 3 o 4000 hombres buenos”. “¿Creerá Ud. que a fines del mes pasado habíamos gastado ya en Guayaquil cuatrocientos treinta y un mil pesos en tres meses? Sin haber acabado los gastos de la expedición, y sin contar con los gastos que hemos hecho en el departamento de Quito: de suerte que habremos desembolsado medio millón de pesos en auxilio del Perú”.[6]
El 26 de abril llegaron a Guayaquil los oficiales peruanos coronel Francisco Mendoza y marqués de Villafuerte, comisionados del presidente Riva Agüero, para solicitar al Libertador que se trasladara al Perú. El 7 de agosto de 1823, escribe desde Guayaquil al general Bartolomé Salom: “En este momento me embarco y sólo le escribo estas cuatro letras para encargarle de nuevo todas las órdenes que le he comunicado. Tengo la mayor confianza, o por mejor decir, la plena seguridad que quedando Ud. aquí, yo no hago falta en estos dos departamentos (Guayaquil y Quito). Ud. tendrá tanto celo y vigilancia como acostumbra”.[7]
Hasta el 9 de diciembre de 1824, en que luego de la “escaramuza” de Junín donde bastaron dos cornetazos y cuatro redobles de tambor para que los realistas abandonasen el campo y se produjera la llamada batalla de Ayacucho,[8] duró la recluta de hombres y las exacciones forzadas de dinero. Sin embargo, Guayaquil como sociedad productiva, exhausta, aunque esquilmada, aun clamaba por su autonomía.
Los comentarios sobre la verdad de la anexión manu militari dejaban traslucir una sensación de culpa en aquellos que apoyaron a Bolívar. Cubitt publica la “prueba de esta afirmación en la forma de declaraciones hechas sólo dos años después del golpe bolivariano, y provenientes de algunos de los pro-colombianos más dignos de confianza. Así, tanto Manuel Marcos como Francisco Bernal se referían a <el odio de muchos individuos de este País contra la República…>. José Ignacio Gorrichátegui hablaba de <el odio que profesaban a los adictos a Colombia…>. Juan Illingworth daba cuenta que Vicente Ramón Roca, un entusiasta partidario de Colombia, salió a acoger a Bolívar <en medio de las maldiciones de sus paisanos…> León Febres Cordero puso hincapié en <Esta opinión [a favor de la independencia absoluta] que llegó a generalizarse…> y agregaba que Vicente Roca era <uno de los pocos que anhelaban por la agregación [a Colombia]…> José María Peña recordaba <la época de 822 a 823 en que Guayaquil fluctuaba entre división de opiniones, con preponderancia las contrarias a la agregación…> Finalmente, el general Morales anotaba <el odio suscitado en este país contra la República…>”.[9]



[1] Bolívar, Op. Cit., Págs. 688-689.
[2] Bolívar, Op. Cit., Págs. 698-700.
[3] “Hasta 1804 el distrito de Guayaquil formaba parte de la Presidencia de Quito y entre 1717-1720 y 1739-1804 fue parte del Virreinato de Nueva Granada. La cédula del 7 de Julio de 1803, (la cual no entró en vigencia hasta el año siguiente), desprende la Gobernación de Guayaquil de Quito y Bogotá y la anexa al Virreinato del Perú para efectos de administración, justicia, guerra y hacienda. Se dio como razón, para la transferencia de jurisdicción, la de que había necesidad de incrementar las defensas del puerto de Guayaquil, y que era más fácil que viniese ayuda por mar desde Lima que por tierra desde Bogotá”. Michael E. Hamerly, “Historia Social y Económica de la Provincia de Guayaquil, 1763-1842”, Guayaquil, BCE. 1987, Pág. 36.
[4] Bolívar, Op. Cit., Págs. 719-721.
[5] Carta a Santander, Guayaquil 12 de marzo de 1823, Op. Cit., Págs. 724-727.
[6] Cartas a Santander, Guayaquil, 15 y 19 de abril, y 14 de mayo de 1823, Op. Cit., Págs. 736, 738 y 746.
[7] Bolívar, Op. Cit., Pág. 795.
[8] Carta de Sucre a Bolívar del 9 de diciembre de 1824 en que comunica el triunfo de Ayacucho y el fin de la guerra de independencia. Sucre, “De mi propia mano”, Págs. 185-186.
[9] Archivo Histórico del Guayas, ms 2497. Vicente Ramón Roca pide certificación de sus servicios patrióticos, 1824. En Cubitt, “Economía y Política en Guayaquil Independiente: El Amigo del País de Francisco Roca, 1822” Guayaquil, Revista del Archivo Histórico del Guayas Nº 19, junio 1981, Págs. 17-18.







La Toma d Guayaquil VII
A Fernando Peñalver, escribe: “La libertad del Sur nos ha dado cuatro hermosas provincias: la de Quito es grande, bella y poblada, y Guayaquil es incomparable y preferible a todas, aunque menos poblada; en lo sucesivo dará un millón de pesos anuales”.[1]“Por supuesto todas extorsiones se culparán a Colombia que se haría más odiosa que España, porque, en efecto, ésta no le ha hecho al Sur la mitad del daño que le espera (…) Guayaquil es una ciudad que está toda metalizada; no ha sido guerrera y el gobierno que ha tenido (la Junta) la ha contemplado como la niña de sus ojos (…) Yo sé que en todas partes cuesta tomar hombres, pero aquí es mucho más (…) El amor a la patria no se conoce y por lo mismo tampoco los sacrificios heroicos”.[2]
¿Amor a qué patria?: a una sociedad desconocida, desvinculada a su historia y ajena a su cultura e identidad. A una Colombia, a la que Guayaquil perteneció cuando esta fue virreinato,[3]sin embargo nunca hubo contacto oficial o de comercio con ella. Desamor hacia una patria tan lejana, que la única noticia vinculante es una referencia de 1719, que describe el viaje desde la isla Puná a Guayaquil y hasta Babahoyo, de quien fue el primer virrey de Nueva Granada, el Conde de la Cueva, para desde allí continuar a lomo de mula hasta Santa Fe. ¿Patriotismo y sacrificios heroicos a cambio de qué? ¿Acaso por la felicidad de ser reconocidos como colombianos agradecidos por el sometimiento arbitrario, y la permanente exacción de sus dineros para gastos militares?
El 30 de enero escribe desde Quito a Santander: “En Guayaquil hubo una conspiración de asesinos para matar y saquear (…) La conspiración que se tramó en Guayaquil (…) era un proyecto miserable pero atroz de algunos canallas. Pienso castigarlos ejemplarmente y lo mismo haré con todo lo que ocurra en este país, que está tranquilo y no debemos dejarlo alborotar (…) Ahora mismo sigo a Guayaquil donde tenemos un mundo de tropa y otro mundo de deudas, pero haré frente a todo, porque no faltan recursos (en Guayaquil) para algunos años, aunque estos recursos serán bañados de lágrimas y sangre, porque esta gente es muy dura para dar, y no han padecido todavía las grandes crueldades españolas”.[4]
Cuando en 1823 se inició la campaña para la liberación del Perú, las cosas en nuestro país, especialmente en Guayaquil, se tornaron insoportables. La ciudad fue convertida en centro de reclutamiento, de embarque de tropas y vituallas. Por su condición de ciudad-puerto y provincia de gran productividad, fue transformada en centro de acopio de víveres para alimentar a los miles de hombres acantonados en ella, en espera de ser embarcados. Consecuentemente alcanzó un nivel inflacionario intolerable para sus habitantes de todas las clases sociales y condiciones económicas; la pobreza en el pueblo llegó a niveles de miseria nunca antes experimentados.
Desde un Guayaquil esquilmado y forzado a entregar jóvenes para enviar al Perú, las ganaderías saqueadas y sus semovientes requisados, donde no había mano de obra para movilizar las cosechas, pero sí quien demandaba un patriotismo imposible de sentir para participar en una guerra en tierra extraña a 300 leguas de distancia de sus casas y familias: “Voy a hacer un esfuerzo extraordinario, escribía, para meter en Lima 3000 hombres nuestros a las órdenes del general Valdés (…) Ya hemos gastado cien mil pesos y estamos empezando la empresa (…) Esta ciudad ya no puede quedar sin una guarnición de tropas de Colombia, porque cada día nos estamos haciendo más odiosos con los sacrificios que exigimos a este pueblo, que todo, todo, es comerciante y avaro. Felizmente da con que mantener una fuerte guarnición”.[5]
“Todo ha sido violencia sobre violencia. Los campos, las ciudades han quedado desiertas para tomar 3000 hombres y para sacar doscientos mil pesos. En Quito y Guayaquil se han tomado los hombres todos, en los templos y en las calles, para hacer la saca de reclutas. El dinero se ha sacado a fuerza de bayoneta”. “Guayaquil es el punto más importante del Sur y para su defensa necesita 3 o 4000 hombres buenos”. “¿Creerá Ud. que a fines del mes pasado habíamos gastado ya en Guayaquil cuatrocientos treinta y un mil pesos en tres meses? Sin haber acabado los gastos de la expedición, y sin contar con los gastos que hemos hecho en el departamento de Quito: de suerte que habremos desembolsado medio millón de pesos en auxilio del Perú”.[6]
El 26 de abril llegaron a Guayaquil los oficiales peruanos coronel Francisco Mendoza y marqués de Villafuerte, comisionados del presidente Riva Agüero, para solicitar al Libertador que se trasladara al Perú. El 7 de agosto de 1823, escribe desde Guayaquil al general Bartolomé Salom: “En este momento me embarco y sólo le escribo estas cuatro letras para encargarle de nuevo todas las órdenes que le he comunicado. Tengo la mayor confianza, o por mejor decir, la plena seguridad que quedando Ud. aquí, yo no hago falta en estos dos departamentos (Guayaquil y Quito). Ud. tendrá tanto celo y vigilancia como acostumbra”.[7]
Hasta el 9 de diciembre de 1824, en que luego de la “escaramuza” de Junín donde bastaron dos cornetazos y cuatro redobles de tambor para que los realistas abandonasen el campo y se produjera la llamada batalla de Ayacucho,[8]duró la recluta de hombres y las exacciones forzadas de dinero. Sin embargo, Guayaquil como sociedad productiva, exhausta, aunque esquilmada, aun clamaba por su autonomía. 
Los comentarios sobre la verdad de la anexión manu militari dejaban traslucir una sensación de culpa en aquellos que apoyaron a Bolívar. Cubitt publica la “prueba de esta afirmación en la forma de declaraciones hechas sólo dos años después del golpe bolivariano, y provenientes de algunos de los pro-colombianos más dignos de confianza. Así, tanto Manuel Marcos como Francisco Bernal se referían a <el odio de muchos individuos de este País contra la República…>. José Ignacio Gorrichátegui hablaba de <el odio que profesaban a los adictos a Colombia…>. Juan Illingworth daba cuenta que Vicente Ramón Roca, un entusiasta partidario de Colombia, salió a acoger a Bolívar <en medio de las maldiciones de sus paisanos…> León Febres Cordero puso hincapié en <Esta opinión [a favor de la independencia absoluta] que llegó a generalizarse…> y agregaba que Vicente Roca era <uno de los pocos que anhelaban por la agregación [a Colombia]…> José María Peña recordaba <la época de 822 a 823 en que Guayaquil fluctuaba entre división de opiniones, con preponderancia las contrarias a la agregación…> Finalmente, el general Morales anotaba <el odio suscitado en este país contra la República…>”.[9]



[1]Bolívar, Op. Cit., Págs. 688-689.
[2]Bolívar, Op. Cit., Págs. 698-700.
[3]“Hasta 1804 el distrito de Guayaquil formaba parte de la Presidencia de Quito y entre 1717-1720 y 1739-1804 fue parte del Virreinato de Nueva Granada. La cédula del 7 de Julio de 1803, (la cual no entró en vigencia hasta el año siguiente), desprende la Gobernación de Guayaquil de Quito y Bogotá y la anexa al Virreinato del Perú para efectos de administración, justicia, guerra y hacienda. Se dio como razón, para la transferencia de jurisdicción, la de que había necesidad de incrementar las defensas del puerto de Guayaquil, y que era más fácil que viniese ayuda por mar desde Lima que por tierra desde Bogotá”. Michael E. Hamerly, “Historia Social y Económica de la Provincia de Guayaquil, 1763-1842”, Guayaquil, BCE. 1987, Pág. 36.
[4]Bolívar, Op. Cit., Págs. 719-721. 
[5]Carta a Santander, Guayaquil 12 de marzo de 1823, Op. Cit., Págs. 724-727.
[6]Cartas a Santander, Guayaquil, 15 y 19 de abril, y 14 de mayo de 1823, Op. Cit., Págs. 736, 738 y 746. 
[7]Bolívar, Op. Cit., Pág. 795. 
[8]Carta de Sucre a Bolívar del 9 de diciembre de 1824 en que comunica el triunfo de Ayacucho y el fin de la guerra de independencia. Sucre, “De mi propia mano”, Págs. 185-186. 
[9]Archivo Histórico del Guayas, ms 2497. Vicente Ramón Roca pide certificación de sus servicios patrióticos, 1824. En Cubitt, “Economía y Política en Guayaquil Independiente: El Amigo del País de Francisco Roca, 1822” Guayaquil, Revista del Archivo Histórico del Guayas Nº 19, junio 1981, Págs. 17-18.

sábado, 5 de enero de 2019




La Toma de Guayaquil VI
Los triunviros, ante la manifiesta intención de hacerlos víctimas de un Juicio de Residencia amañado,[1] el mismo día 30 se embarcaron hacia el Perú. Y Olmedo, el más ilustre prócer ecuatoriano, se dirige a Bolívar con una extensa carta fechada en julio 29 de 1822, que muestra la integridad y superioridad de un hombre ultrajado y calumniado: “Más sería precisa toda la filosofía de un estoico o la impudencia de un cínico para ver el abuso que se ha hecho del candor de estos pueblos, obligándolos a decir que han sufrido bajo de nosotros un yugo más insoportable que el español, y para ver esta impostura autorizada con el nombre de Ud. en los papeles públicos, difundidos por todas partes; y sin embargo, permanecer en este país, o en cualquier otro de América, donde el conocimiento de nuestra honradez y de nuestros puros sentimientos por la Patria y por la Libertad no desmientan altamente aquella atrocísima calumnia”.
“¿Qué dirán los Gobiernos libres con quienes hemos tenido relaciones, y a quienes llegó nuestro nombre con honor? ¡Vaya, que ha sido hermoso el premio de tantos desvelos porque fuese este pueblo tan feliz como el primero, y más libre que ninguno! No crea Ud. que hablo irónicamente, una aclamación popular me sería menos grata. Ud. sabe por la historia de todos los siglos, cuál ha sido la suerte de los hombres de bien en las revoluciones; y es dulce participar de una desgracia más honrosa que un triunfo”.
“Yo me separo, pues, atravesado de pesar, de una familia honrada que amo con la mayor ternura, y que quizás queda expuesta al odio y a la persecución por mi causa. Pero así lo exige mi honor. Además, para vivir, necesito de reposo más que del aire: mi Patria no me necesita; yo no hago más que abandonarme a mi destino”. [2]
El 31 de julio, la Asamblea de Representantes continuó las sesiones, que habían sido interrumpidas desde el 26 por la llegada de San Martín a la ciudad, y considerando que por el voto “libre y espontáneo”, el pueblo había declarado su voluntad por la incorporación a Colombia, “en su virtud, la Asamblea declaró por aclamación, que desde aquel momento quedaba para siempre restituida a la República de Colombia dejando a discreción de su Gobierno el arreglo de sus destinos por el conocimiento íntimo que asiste al Colegio Electoral de la benignas intenciones de S.E. para con el pueblo su comitente”.[3]
En el colmo del éxtasis por el triunfo obtenido, J. Gabriel Pérez, a nombre de Bolívar se dirige a los Secretarios del Colegio Electoral: “Con el mayor gozo ha recibido S.E. el Libertador la aclamación generosa con que el pueblo de Guayaquil por medio de sus dignos Representantes, ha fijado para siempre su alto destino, entrando espontáneamente a formar el todo de la gloriosa República de Colombia. Guayaquil, por este acto inimitable e incondicional, ha contraído con el Gobierno de Colombia un derecho eterno de protección y de gratitud. Pida Guayaquil cuanto haga su felicidad y gloria compatible con la Soberanía nacional, que el Libertador se hará un grato deber de rogar a los Representantes del pueblo en Congreso para que Guayaquil sea, si es posible, la Provincia más favorecida de Colombia”.[4]
Sin embargo, de esta maravillosa farsa, como no podía ser de otra forma, el 13 de agosto, al mes de haber sido sumados por la fuerza, Bolívar se refería a los guayaquileños, diciendo “que aun están por decirlo así, haciéndose los melindrosos porque Colombia los ha incorporado por su propio bien”. Y más adelante agrega: “las tropas de la Guardia en Quito han amenazado hacer una insurrección (…) En Cuenca un batallón nuestro ha querido matar a sus jefes y oficiales por la misma causa (…) Aquí el gobierno (la Junta de Gobierno) pagaba a todo el mundo sus sueldos y pagaba una parte de la deuda mensualmente, y yo no he podido hacer otra cosa para no desacreditar la administración de Colombia”.[5] Quiere decir que exageró al decir: “Las cosas de Guayaquil exigen mi persona con la Guardia; aquel es un caos de ingratitud y mala fe”.[6]
No podía ser de otra forma, El Republicano de Sur, al conocimiento de una carta de Bolívar en que afirmaba que era vital tomar Guayaquil para asegurar el puerto, editorializa en los siguientes términos: “Es candidez o audacia hacer alarde de que Colombia protege a Guayaquil, cuando es Guayaquil, el que ha protegido a Colombia dándole un puerto seguro en el Pacífico”.
Y en otro editorial agrega: “Bolívar no supo de nuestra libertad sino meses después de haberla proclamado, y lo supo porque le enviamos un mensajero a comunicárselo. Nuestra libertad fue un sacrificio nuestro, no dádiva de Bolívar o Sucre. Esta nación (refiriéndose a Guayaquil) y estos libertadores de otros pueblos carecen de derecho para exigirnos en retribución a sus servicios el incorporarnos a Colombia”.
Al poco tiempo, Santander reiteradamente le pidió volver a Bogotá para resolver asuntos vitales. Sin embargo, se sentía impedido de hacerlo: “lo que también me retiene en el Sur, pues sería muy peligroso que yo me retirase a Bogotá en unos momentos de conflicto, con unos pueblos de cuya fe no se puede tener la mayor confianza. Ud. crea amigo que esto (Guayaquil)  está sumiso porque yo estoy con 2000 hombres de la Guardia”.[7]
Entonces, no había tal que “el negocio de Guayaquil se ha decidido por aclamación y con el mayor orden posible”. “En Quito no se pagan estas tropas ni tampoco a nadie porque no hay con qué. Por esta causa y otras que yo no sé, nuestras tropas de caballería están cometiendo infinitos desórdenes. Con este motivo he mandado que Guayaquil mande dieciséis mil pesos mensuales al general Sucre, y con esto se acabó la esperanza de pagar a nadie (…) Quito no puede mantener 1.000 hombres de guarnición. Guayaquil dará seiscientos mil pesos de renta al año”.[8]
“Últimamente se ha descubierto que el departamento de Quito no da nada, y que Guayaquil lo ha de dar todo. Entienda Ud. que Guayaquil, para mantenerse muy mal tenía establecidos empréstitos forzosos (se refiere a lo establecido por la Junta de Gobierno); y añada Ud. que el clamor de Guayaquil es por que le paguen seiscientos mil duros que le deben (…) Por supuesto, que para mantener las tropas no se puede pagar a nadie (…) Ud. Dice que las cosas del Sur deben marchar divinamente con Salom y su asesor (…) Yo añado que aunque no suceda, este país requiere de un tino admirable para gobernarlo y toda la fuerza que tenemos en él. Ahora bien, la fuerza que tenemos no se puede mantener sino a fuerza de sacrificios dolorosos”.[9]



[1] “Después que España hubo organizado administrativa y políticamente los vastos dominios americanos, tuvo que idear un sistema de control eficaz. Era evidente la distancia entre la metrópolis y sus dominios de ultramar, exigían un sistema de vigilancia más o menos adecuado a sus finalidades de alta política (…) el Juicio de Residencia no significaba de modo alguno lesivo de la autoridad, ni de la persona del funcionario, sino que funcionaba como un acto jurídico-político de responsabilidad de función”. Enciclopedia Jurídica Omeba, Tomo XVII, Buenos Aires, Bibliográfica Omeba, 1969, Pág. 351. Sin embargo, este instrumento en manos de enemigos era demoledor, por eso Olmedo en su carta a Bolívar habla de: “esta impostura autorizada con el nombre de Ud. en los papeles públicos, difundidos por todas partes; y sin embargo, permanecer en este país, o en cualquier otro de América, donde el conocimiento de nuestra honradez y de nuestros puros sentimientos por la Patria y por la Libertad no desmientan altamente aquella atrocísima calumnia”.
[2] Olmedo, Epistolario, Págs. 497-499.
[3] O’Leary, Memorias, Págs. 352-353.
[4] Ibídem, Págs. 354-355.
[5] Bolívar, Op. Cit., Págs. 667-669.
[6] Con esta expresión, deja en claro su predisposición contra una provincia y su gobierno, de los cuales era imposible que tuviese otra información que la procedente de los pro anexión a Colombia, y naturalmente de Sucre.
[7] Bolívar, Op. Cit., Págs. 667-669.
[8] Bolívar, Op. Cit., Págs. 680-682.
[9] Bolívar, Op. Cit., Págs. 685-687.