martes, 5 de febrero de 2019




La conquista y sus efectos


El informe de Pascual de Andagoya sobre la existencia de un poderoso reino al sur de Tierra Firme (Panamá), sacó a Francisco Pizarro y Diego de Almagro de sus cómodas existencias. Asociados estos con Hernando de Luque y con el licenciado Gaspar de Espinoza, sevillano, que fue el financista de la empresa conquistadora, Pizarro realizó un primer viaje que fracasó.

En un segundo intento, después del episodio en la isla del Gallo, que protagonizaron los “trece de la fama” y para no volver fracasado a Panamá, convence a Bartolomé Ruiz –enviado para capturarlo y llevarlo de vuelta a Panamá– de navegar al sur. Tocan Puná y Tumbes, y deslumbrado por las riquezas halladas en esta última, vuelve al istmo donde es recibido en triunfo.

En 1528 viaja a España, y obtiene las concesiones buscadas. Carlos V lo designa Adelantado de los territorios que conquistase. Y el 27 de diciembre de 1530, zarpa al sur desde Panamá, pasa por alto la selva que presentaba la Costa (ecuatoriana) y continuó al Tumbes que había conocido en viaje anterior.

Este hecho de ignorar los extensos territorios costeros que más tarde formaron nuestro país, le llegó a Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala, como noticia por el “correo de brujas” que evidentemente existía en aquel entonces. Aguijoneadas sus apetencias y ambiciones viajó a España y valiéndose de ardides convenció al emperador Carlos V que tales territorios no habían sido concedidos a Pizarro.

Una vez lograda la venia real para conquistarlos, y con la intención de despojar a éste y a sus socios de las grandes extensiones de tierra que comprendían el litoral y la serranía, identificada por el padre Velasco como Reino de Quito, zarpó del puerto de la Posesión (Guatemala) el 1 de enero de 1534.

Enterado en Panamá del zarpe de la expedición de Alvarado, el licenciado Gaspar de Espinoza, protector de Sebastián de Benalcázar, quien a la vez se desempeñaba como teniente de gobernador de Piura, envió un rápido esquife para prevenirlo de esta amenaza que pesaba sobre sus intereses comunes. Benalcázar, tan pronto recibió tan preocupante información, los primeros días de marzo de ese año marchó para enfrentar al gobernador Alvarado. Diego de Almagro –sospechando una traición por parte de Benalcázar– fue tras él a marchas forzadas.

En el ínterin, las diez naves que formaban la flota de Alvarado, que constituyeron la más poderosa armada que había navegado la Mar del Sur, había zarpado con 600 hombres de mar y tierra y 223 caballos. Luego de 33 días de navegación alcanzó la Costa manabita y desembarcó en Caraque (Bahía de Caráquez) el 25 de febrero de 1534.

Una vez reunido, entre los indígenas, un contingente humano que hiciera de tropa en situación de servidumbre, la expedición inició una marcha que al poco tiempo se encontró con una selva impenetrable, cruzada de ríos y obstáculos a cada paso. Una ruta de espanto y muerte que solo la codicia y la ambición pudo estimular su recorrido.

Luego de seis meses de permanecer perdido en la manigua, y sufrir cientos de bajas entre españoles e indios, llegó a un poblado indígena a orillas de un río (Daule). En balsas, navegó aguas abajo hasta la confluencia del río Amay (Babahoyo) y lo remontó hasta acercarse a la cordillera. 600 cadáveres dejó Alvarado a lo largo del camino, coronó los Andes y descendió a los valles interandinos.

“Siguiendo mi jornada adelante –dice el propio Alvarado en su informe– hallé rastros de caballos y los pueblos quemados y despojados, en lo cual conocí que habían españoles en la tierra”.

La marcha fue esforzada y los resultados no fueron nada halagadores. Después de luchar seis meses de tan desastrosa marcha, este hallazgo que confirmaba la presencia de españoles en la zona, sumió en la decepción y desesperanza a él y a sus tropas que imaginaban un viaje inútil y la correspondiente pobreza.

La fundación de Santiago de Quito (Guayaquil).


La situación era compleja y difícil. El dilema que se presentaba en la mente de los conquistadores era, la forma de llegar más rápido a estas tierras y tomar posesión legal de ellas. De esta forma, cada grupo podría justificar jurídicamente la toma de posesión de estos territorios en nombre de la corona española.

Por eso uno y otro se empeñaron en llegar lo más rápido a la región de los valles quiteños para realizar las fundaciones de acuerdo a las exigencias de la conquista, que mediante la fundación de una ciudad y dos villas justificarían la posesión y apropiación de estas tierras para beneficio de ellos. De esta forma, ambos capitanes y sus tropas, a marchas forzadas intentaron alcanzarlas y elegir el sitio adecuado.

Cinco meses tardaron Almagro y Benalcázar en llegar a las inmediaciones de la actual Riobamba, el mismo tiempo que Alvarado tardó en coronar la cordillera y descender a las planicies interiores. Los exploradores de Almagro descubrieron su presencia, y ante la inminencia del encuentro entre ambas tropas, a fin de afianzar la posesión legal del territorio, el 15 de agosto de 1534, Diego de Almagro fundó la ciudad de Santiago, que por estar en el territorio quiteño, asumió el topónimo Quito.[1]

Por la amenaza que implicaba la presencia de Alvarado, el acto fue tan precipitado, que Almagro no cumplió todos los requisitos legales que exigía una fundación, no levantó el rollo ni repartió los solares, solo firmó el acta. Y el 26 de agosto, con la fuerza legal que le daba el documento de se entrevistó con Alvarado para negociar su retiro.

La partida la había ganado Almagro y como hábiles negociadores de intereses comunes decidieron no enfrentarse sino establecer un diálogo conciliador de estos. En efecto Almagro y Alvarado sabían que tenían que proteger y recuperar la inversión de ellos y sus socios en la empresa.

Almagro, aunque tenía la sartén por el mango, el poder y la toma de posesión, sabía que no podía arriesgar lo que habían logrado. Por eso entendió bien las necesidades de Alvarado. Con la habilidad de conquistador y comerciante, le abrió un espacio de negociación que podía  ser ventajoso para las dos partes. En efecto. Terminaron tranzando, uno venció y el otro se retiró, pero ambos se protegieron. 

Por la suma de 100.000 pesos oro, Alvarado abandonó la empresa. Le vendió un galeón, tres naves y dos navíos de su flota y cuanto aprovisionamiento iba a bordo de estos. Toda su artillería y otras armas, esclavos, caballos, aderezos, etc. Hecho lo cual, Alavarado se retiró del escenario dejando la mayoría de sus hombres, quienes ante las promesas de riqueza hechas por Almagro no vacilaron en cambiar de jefe.

Una vez resuelta la transacción con ventaja para las huestes de Pizarro, trece días después de fundar la ciudad de Santiago de Quito, el 28 de agosto, Almagro fundó la villa de San Francisco de Quito, en el mismo lugar que lo había hecho con Santiago. Y era tal su urgencia por volver al Perú, que ni siquiera firmó el acta de fundación.[2]

La transacción había aumentado notablemente el número de hombres y soporte de vituallas a la empresa de Almagro. Con este gran incremento que hemos visto, Almagro encargó a Benalcázar la conquista del norte, la pacificación del territorio quiteño y el traslado y asentamiento de la villa de San Francisco. El conquistador Benalcázar inició la marcha y en la búsqueda del tesoro de Atahualpa asoló cuanto poblado indígena encontró a su paso.

Amparado en la Real Cédula promulgada por Carlos V, el 4 de mayo de 1534, que facultaba al conquistador para que “cada y cuando le pareciera que un pueblo fundado o que fundare se deba mudar de sitio la pudiese mudar al sitio que le pareciere, con su nombre”,[3] el 6 de diciembre de 1534, dio nuevo y definitivo asiento a la villa de San Francisco de Quito en el lugar que hoy se encuentra, sobre las ruinas humeantes que había abandonado Rumiñahui.

En marzo de 1535, Benalcázar envió al norte –a las provincias de Quillasinga y Condelunamarca– a dos hombres de su confianza, los capitanes Pedro de Añasco y Juan de Ampudia, a que busquen información sobre las riquezas y sociedades existentes en esos territorios. Los capitanes delegados hicieron bien su trabajo y no tardaron en informarle de los tesoros hallados en esos destinos.

Con esta información, y conociendo Benalcázar por los hombres de Alvarado de la existencia de ríos y caminos, que habían recorrido con Alvarado para llegar a la Sierra, más la jurisprudencia previa del traslado de San Francisco de Quito facultado por la cédula mencionada, decidió pedir a Francisco Pizarro su autorización para conquistar tales provincias del norte. Decisión que fue apoyada por Juan de Espinoza, hijo de su protector.

Conforme avanzaba el proceso de conquista se iban aclarando muchas cosas para la sociedad Pizarro, Almagro y Benalcázar. Los socios debieron frotarse las manos por el éxito y los beneficios obtenidos. La empresa conquistadora finalmente estaba en sus manos y los territorios de las sociedades aborígenes les pertenecían.

Todo estaba claro en la mente de Benalcázar: ante la inutilidad de la fundación de Santiago de Quito en Riobamba, emplazamiento que no cumplía ningún propósito para la conquista, la trasladaría al litoral a orillas del río que era vía expedita hacia las montañas.[4] De esta forma para satisfacer la logística que demandaba tal operación militar, obtendría un puerto más cercano que Paita. Estas conclusiones, encajan perfectamente con los acontecimientos posteriores que culminaron con el traslado de Santiago a las tierras bajas.

Pocos meses después de los éxitos obtenidos, siguió en su tarea de extender la conquista e incorporar y saquear otros territorios. En junio de 1535, Benalcázar salió desde Quito hacia el Perú,[5] tocó Santiago, que no era otra cosa que un simple campamento militar. Lo levantó, y con la dotación de soldados que lo guarnecían se encaminó al sur.

Se reunió con Pizarro, le entregó parte de los tesoros recogidos en el saqueo de los poblados quiteños y obtuvo la anuencia requerida para tal empresa. Con sus aspiraciones colmadas se trasladó a su gobernación de San Miguel de Piura donde concedió un descanso de un mes a sus hombres.



[1] Para enfrentarse a la intromisión de Alvarado, Diego de Almagro –en nombre de Pizarro__– funda el 15 de agosto de 1534 la ciudad de Santiago, en el asiento de Riobamba, en plena zona Andina. Un año después, Sebastián de Benalcázar la traslada a los llanos costeros, junto a un pueblo indio llamado Guayaquile y al río de Guayaquil, a unos 25 kms. al este de su actual ubicación. El principal motivo de este traslado fue la necesidad de mejorar las comunicaciones entre el núcleo conquistador de Quito y el mar, por donde se podían recibir refuerzos de hombres y animales. Adam Szaszdi y Dora León Borja, Los recursos y desarrollo económico de Guayaquil, 1535-1605. Bamberg, Alemania, Hermann Kellenbenz und Jurgen Schneider, 1978.

[2] Libro Primero de Cabildos de Quito, tomo I.
[3] Miguel Aspiazu Carbo, El Acta de Fundación d la Ciudad de Santiago de Guayaquil (Santiago de la Provincia de Quito), 15 de agosto de 1534, Guayaquil, CCE Núcleo del Guayas, 1970. p.
[4] Pareciéndole a su señoría que el dicho pueblo se debía mudar a otra parte, con él en su nombre se pueda mudar, porque al presente, a causa de ser la tierra nuevamente conquistada e andar acabándose de pacificar, no se ha visto ni tiene espiriencia de los sitios donde mijor pueda estar el dicho pueblo. Julio Estrada Icaza, Guía Histórica de Guayaquil, Guayaquil, Poligráfica, 1995, p, 10.
[5] Vido como el dicho capitán Sebastián de Benalcázar se partió desta villa para ir a la costa e vido ir con el dicho capitán al dicho Diego de Sandoval e que sabe que se conquistó la dicha tierra e se hizo la dicha ciudad. Testigo Antón Diez, Probanza de Diego de Sandoval, Quito, 19 de noviembre de 1539.

domingo, 3 de febrero de 2019




Guayaquil antes de los españoles y los navegantes veleros prehispánicos

Nuestra historia litoralense ecuatoriana no comienza con la conquista hispana, aunque así se ha querido que la veamos. Lo nuestro, el espíritu autonomista que nos identifica empieza mucho antes.

En nuestro extenso y fértil territorio costero y cálido había culturas, religiones, señoríos, cacicazgos, organización política, acciones guerreras. Estas organizaciones sociales tenían activo y extenso intercambio y comercio en la gran red fluvial del Guayas.

Incluso estos pueblos prehispánicos autóctonos habían conformado una sociedad indígena estructurada que habitaba en una población llamada Guayaquile. Esta organización social ya existía a orillas del río de Guayaquil, como veremos más adelante, cuando al finalizar 1535 Benalcázar cumple el traslado de la ciudad de Santiago al litoral.

También los manteño-huancavilcas, únicos navegantes veleros de América, en su intensa práctica de comercio dinámico realizaban un recorrido activo y extenso en balsas hasta el Perú por el sur y hacia el norte hasta Acapulco (México) navegando grandes distancias en mar abierto por la ruta de Galápagos.[1]

Señalan las crónicas que el célebre navegante y piloto de la conquista del Perú, Bartolomé Ruiz, en su segundo viaje, recibió de Pizarro la orden de explorar las costas en busca de alimentos y agua. Mientras navegaba frente a la bahía de San Mateo avistó una vela en el horizonte.

Sorprendido, pues sabía que ninguna otra expedición se había hecho a la mar antes que la suya, enrumbó hacia esta su embarcación con el ánimo de abordarla.

Cual su sorpresa, Bartolomé Ruiz no se encontró con una embarcación cualquiera, sino con una balsa velera que fluidamente realizaba viajes oceánicos. Era los puneño-manteño-huancavilcas que navegaban rumbo al norte. Ruiz, en su bitácora, registra extensa y con detalle su encuentro con la embarcación, sus tripulantes y lo que en ella se transportaba:

Traían muchas piezas de plata y oro para el adorno de sus personas, para hacer trueque con ellas con quien iban a contratar, que intervenían coronas y diademas y cintos y pañetes y armaduras, coraza de piernas y petos y tenacelas y cascabeles (...) tazas y otras vasijas para beber (...) traían muchas mantas de lana y de algodón y camisas y aljujas y alcaceres y aleremes y otras muchas ropas todo lo más bello muy labrado de labores muy ricas, de colores de grana y carmesí y azul y amarillo.

También la crónica hace referencia a determinadas costumbres indígenas respecto a la organización religiosa y administrativa de cuatro pueblos que conformaban el señorío de Salangome, situado en el actual puerto de Salango y la isla del mismo nombre. En esta crónica, el conquistador se refiere a un adoratorio:

Hay una isla en el mar junto a los pueblos donde tienen una casa de oración hecha a manera de tienda de campo, toldada de muy ricas mantas labradas a do tienen una imagen de una mujer con un niño en los brazos (...) tienen muchas herramientas de cobre e otros metales con que labran sus heredades y sacan oro (...) tienen los pueblos muy bien trazados de sus calles, tienen muchos géneros de hortalizas y tienen mucha orden y justicia.

Con lo que el piloto Ruiz se dio de manos a boca, no fue solo una balsa cargada de piezas de oro, tejidos, vasijas, etc. Ni con un señorío indígena costeño, con religión, organización política, organización urbana y trabajo colectivo. El navegante español con lo que se encontró fue con una ordenación de hábiles navegantes, que realizaban un diligente sistema de comercio autónomo que nos ha marcado desde tiempos remotos.

Nada, o poco, se han ocupado nuestros historiadores y cronistas del famoso piloto Bartolomé Ruiz de Estrada, a quien un concienzudo autor, califica justamente, de alma del descubrimiento pues, que sin su audacia y pericia, habría fracasado por entonces la revelación del 'Imperio de los Hijos del Sol'. Y es tanto más punible este descuido, cuanto que Ruiz fue el primer europeo que reconoció y visitó tierras ecuatorianas, trató con sus naturales y llevó a Pizarro el relato de la importancia de su descubrimiento; de la hermosura y riqueza del suelo en que pusiera pie. 
Esta actividad comercial de los naturales de esta zona había comenzado mucho antes de la llegada de los españoles. Además, fue una actividad que sirvió para integrar un territorio político y cultural afín, formado desde el litoral colombiano sur y norte peruano. Y por supuesto, de esta nació la confederación de mercaderes costeños formada por manteños, huancavilcas, punáes, chonos y tumbesinos.

Acciones y actitudes frente a la vida que permitieron la dispersión de información y tecnología entre los antiguos americanos de la costa del Pacífico. Redes de comercio originadas en el litoral ecuatorial por aquellos que constituyen nuestro ancestro. Actividad centrada en la costa ecuatoriana que acarreó un desarrollo socioeconómico distinto de otros pueblos que se asentaban en las serranías andinas. En otras palabras, Ruiz encontró una estructura social a plenitud.

El arqueólogo guayaquileño, doctor Jorge Marcos Pino, en una de sus importantes investigaciones sostiene que el comercio funcionaba a base de un elemento de cobre clasificado como “hachas monedas”. Estas, “acumuladas como hachas ceremoniales se las transformaba en valor de uso y con el tiempo y la introducción del cobre, se mantuvo la forma de hacha para representar un valor de cambio o moneda”.

Los traficantes de abalorios, tejidos, etc., que hemos descrito, comerciaban también con la concha de origen marino de un molusco llamado mullo (Spondylus), que entonces crecía en torno a la Isla de la Plata, frente a la costa de Manabí, entre los 20 y 60 metros de profundidad. La cual fue difundida y utilizada como pieza de intercambio simple.

El spondylus no era un producto cualquiera sino que era un bien que tenía que ver con los rituales religiosos de diferentes pueblos. Sociedades aborígenes le atribuían propiedades sobrenaturales y religiosas, y reputada como valores y símbolos divinos, la utilizaban en ceremonias para clamar por lluvias, cosechas, aliviar males, etc. Con tales atributos circuló abundantemente desde el norte chileno hasta las costas de México, penetrando a la región andina por Cajamarca donde establecieron, de sur a norte, un corredor de intenso comercio.

Mullo (quichua) una concha espinosa del Pacífico Tropical Spondylus Princeps Broderip. De esta concha se hicieron también cuentas y chaquiras, y por lo tanto la palabra mullo en nuestros días, en la Sierra del Ecuador principalmente se la usa como equivalente de cuentecillas o chaquiras. [3]

A partir de entonces la demanda fue tan grande, que el molusco se agotó en los depósitos de la Isla de la Plata y debieron ampliar su zona de pesca a otras latitudes. Centroamérica y México, resultaron ser los nuevos yacimientos que empezaron a explotar. Hecho confirmado por investigaciones arqueológicas que permitieron hallar en esas costas, anclas marinas que solo nuestros navegantes primitivos utilizaban para sus faenas de buceo.

Uno de aquellos asentamientos, utilizado como cabeza de playa para las operaciones prehispánicas de buceo del spondylus; en la actualidad es un pueblo de indígenas pescadores mexicanos, cuyo dialecto es totalmente diferente a los dominantes en ese país. Entre los cuales, la tradición oral sostiene que su raza “vino del mar de la tierra siempre verde”.[4]
Condición de bosque tropical que identifica plenamente a nuestras costas.
Además, las anclas y los restos de aparejos de pesca encontrados en ese lugar por el arqueólogo mexicano José Beltrán, son exactamente los mismos que los descubiertos en las excavaciones realizadas en Manta.

Las diferentes sociedades aborígenes que habitaban en nuestro litoral, con este tráfico comercial de larga distancia, no solo ampliaron su riqueza y soporte económico, que los llevó a un proceso de unificación y expansión, sino que los condujo a una polarización mercantil.

Fueron formaciones sociales costeñas que se definieron por una forma de producción que puso de relieve una vocación de espacios abiertos, la cual en términos modernos podríamos encasillarla como una actividad y red de comercio mercantil precolombino.

Ante este encauzamiento, las sociedades interandinas se orientaron hacia formas productivas vinculadas directamente con los hombres del mar. Por eso decimos que la conquista española no fue la génesis de nuestro mundo costeño. Su aborigen, ya era navegante, mercader, emprendedor, con vinculaciones río-mar, y mentalidad abierta como su horizonte.



[1] Jorge Marcos, Arqueología de la Costa Ecuatoriana, Guayaquil, Espol, p. 163, 1986.
[2] Gabriel Pino Roca, “Leyendas, tradiciones y páginas de la historia de Guayaquil”, tomo II. 4o edición. Poligráfica, Guayaquil, 1977, pp. 65-66.
[3] Jorge Marcos, Op. Cit. p. 163.
[4] Robert C. West, “Aboriginal sea navigation between midle and So. America”. American Antropologist, Vol. 63, 1961, pp. 133-135.