domingo, 5 de enero de 2020


Una ciudad fundada que la trasladan: Los avatares de Guayaquil


Esta es una historia que aunque ha sido debatida largamente entre sectores especializados, es poco difundida. Los doctores Dora León Borja y su esposo Adam Szaszdi, luego de muchos años de investigación y fundamentación en documentos originales, han determinado en un extenso estudio que Santiago de Guayaquil tuvo más de una fundación. 

Lo que en sentido estricto existió, a partir de esa primera fundación realizada el 15 de agosto de 1534, fue que los españoles permanentemente buscaron para esa ciudad fundada un sitio más adecuado que les permita extenderse y consolidar su dominio. A este singular proceso que realizaron los españoles, en diferentes momentos, es lo que sin entrar en mayores detalles sobre lo acontecido, llamamos la ciudad que la trasladan o los avatares de Guayaquil.  

Luego de este descanso de 30 días, Benalcázar partió al puerto de Paita donde reclutó gente, víveres y pertrechos: “dicho testigo vino a esta tierra puede haber cinco años, poco más o menos, e que vino a la ciudad de San Miguel e que allí asentó en la capitanía del capitán Sebastián de Benalcázar e que vino con él a estas tierras e provincias de Guayaquile, ques en la Culata”.[1]

 A finales de agosto, Benalcázar zarpó de Paita, entró al golfo de Guayaquil, pacificó Puná y remontó las aguas del Guayas en busca de las vertientes andinas que le permitirían el paso a Quito. Por octubre o noviembre de 1535, en virtud del acta de fundación de Santiago de Quito, cuyos documentos portaba, concretó su traslado al asiento indígena llamado Guayaquile, situado a orillas del río de Guayaquil.[2]

En este primer asentamiento quedaron cuarenta españoles que Benalcázar dejó a cargo de los alcaldes ordinarios Antonio de Rojas y Diego de Daza, y se dirigió a Quito para hacer la renovación anual de su Cabildo, cuya reunión se produjo con su presencia el 28 de diciembre de 1535: “que desde las dichas provincias de la Culata e la Puná, el dicho capitán Sebastián de Benalcázar, con la gente que tenía después de pacificadas las dichas tierras e poblada la dicha ciudad, se volvió a esta villa de San Francisco de Quito, e desde aquí hizo apartar mucha gente que consigo traía para ir a dar socorro con ella al capitán Juan de Ampudia que era ido a descubrir las tierras e provincias de Quillasinga”.[3]

En enero de 1536 los aguerridos chonos, habitantes de Guayaquile, rechazaron con violentos ataques a la población española de Santiago, destruyeron el poblado y acabaron con la vida de un número cercano a la mitad de los vecinos. Diego Daza, con unos pocos soldados, escapó a Quito para pedir auxilios. En respuesta vino el capitán Diego de Tapia con alguna tropa y trata de restablecer la ciudad, pero al cabo de 40 días de lucha debieron abandonarla a su suerte.

Francisco Pizarro encomendó su reconstrucción al capitán Hernando Zaera quien en 1536 la mudó al sitio llamado Yagual, entre los huancavilcas, donde se le une la fuerza de Gonzalo de Olmos venida desde Daule. Y apenas iniciado el reparto de solares debió trasladarse al Perú a socorrer a Pizarro que se hallaba sitiado por los restos del ejército incaico. Y dejó a Rodrigo Vargas de Guzmán encargado como Justicia Mayor.

Ante la retirada de Zaera, en 1537 Pizarro encomendó la reubicación de la ciudad y su reconstrucción a Francisco de Orellana, a la sazón radicado en Puerto Viejo, quien la asentó en la comarca de la Culata. Al poco tiempo Orellana volvió a Puerto Viejo para viajar a Lima a fin de socorrer a Pizarro contra los Almagro, donde participó con méritos en la batalla de Salinas, dejando la ciudad a cargo de Juan Porcel como Alcalde. 

Después de participar con éxito en esta batalla, y experimentar las secuelas que ella trajo aparejada, Orellana fue premiado por Pizarro: volvió como Teniente de Gobernador de Santiago de la Culata en el segundo semestre de 1538, y en el último trimestre de ese año la reconstruyó en dicho asiento. 

Sin embargo, el último territorio al que se trasladó Santiago no fue tan acertado. En efecto, los aborígenes nuevamente la destruyeron. El propio Orellana asistido por el capitán Gómez de Puerto Viejo realiza otra mudanza al poblado indígena de Amay. Al poco tiempo Orellana fue designado Teniente de Gobernador de Puerto Viejo, donde hasta 1541, luego de años de expoliación a los indígenas, logró reunir los 40.000 pesos pactados con Gonzalo Pizarro, para asegurar su participación en la aventura amazónica.

La gran cantidad de vecinos que acompañó a Orellana en esta empresa, dejó a Santiago desprotegida en Amay, por lo cual los belicosos chonos, aliados con los punáes pusieron sitio al caserío. Luego de seis meses de lucha a muerte, en mayo de 1542, el Capitán Diego de Urbina sucesor de Orellana como Teniente de Gobernador de Santiago, reunió el vecindario y abandonó la ciudad para refugiarse entre los huancavilcas “que eran gente de paz”.

Pero resultó que no eran tan pacíficos y luego de una cruenta lucha Urbina juntó al vecindario y por la noche, subrepticiamente se deslizó aguas abajo en balsas. El 20 de septiembre de 1543, Urbina, la estableció nuevamente en el pueblo de Guayaquile, “donde ocho años antes había poblado la ciudad Sebastián de Benalcázar”,[4] “en el asiento e sitio de Guayaquile, junto a la ciudad de Santiago, donde tiene asentado su real”.[5] Desde entonces adquirió definitivamente el nombre de Santiago de Guayaquil y guayaquileños sus pobladores.

De esta inestabilidad de la ciudad de Santiago, impedida de establecerse y desarrollarse, en 1541 se aprovechó el Cabildo de Quito para pedir a la corona que la villa de San Francisco fuese elevada a la categoría de ciudad, lo cual fue concedido ese año.

Mientras ocurrían estos hechos, se había iniciado y desarrollado la guerra civil entre los Almagro y los Pizarro, y con el ánimo de defender y justificar las acciones de sus hermanos, Hernando Pizarro fue a España para presentarse ante el rey pero no volvió jamás. El 26 de junio de 1541 Francisco Pizarro cayó asesinado.

En estas circunstancias, Gonzalo, el único sobreviviente de los Pizarro y de esta lucha civil, temeroso del castigo del rey, se alzó en armas contra el soberano español. En diciembre de 1544, ocupó militarmente Santiago de Guayaquil obligando al Cabildo de la ciudad a reconocerlo como Gobernador. Y en 1546, en reemplazo suyo designó Teniente de Gobernador de la ciudad a Miguel de Estacio.

Guayaquil en su sitio definitivo 


La situación parecía interminable, 13 años de una serie de mudanzas, construcciones y destrucciones. Era como el juego del gato y el ratón, españoles que abandonaban una posición y reconstruían la ciudad en otra, enfrentados a indígenas que resistían y destruían lo que habían reedificado. Situación intolerable que los conquistadores estimaron que debía terminar y nuevamente trasladaron la ciudad hacia otro lugar, siempre en busca de la seguridad y el beneficio de los ríos. 

En efecto, a principios de 1547, llegó a Puerto Viejo el pacificador Lcdo. Pedro de La Gasca para someter la rebelión de Pizarro y destituye al gobernador pizarrista. El 16 de abril de ese año, por orden de La Gasca, el capitán Francisco de Olmos ejecuta al gobernador de Guayaquil, el también pizarrista Miguel de Estacio. Cumplido lo cual, La Gasca continúa su viaje hacia Lima acompañado de Olmos y escoltado por el capitán Martín Ramírez de Guzmán, dejando al padre de este último, Rodrigo Vargas de Guzmán, al mando de la Guayaquil como Alcalde Ordinario.

Temerosos a las retaliaciones que pudiera tomar Pedro de Puelles, teniente de Pizarro en Quito, los guayaquileños consideran la urgencia de mudar la ciudad a un lugar más protegido, preferentemente en la ribera occidental del Guayas. Esta vez no era el acosamiento de los indios el que –como en otras oportunidades– los obligaba a trasladar su pequeño poblado, sino la persecución de sus propios coterráneos.

Pero transportar a todo el vecindario, su menaje y animales no era cosa sencilla, requerían de balsas de un tamaño considerable. Pero ¿cómo construirlas rápidamente si en las inmediaciones de Guayaquil, situado tras la isla Santay, en la ribera oriental del Guayas, nunca existió la madera de balsa por la salinidad del río? 

Aunque vigilantes y atentos a la defensa de su ciudad, y pese al temor de un ataque inmediato de Gonzalo Pizarro, no tuvieron otra alternativa que esperar el tiempo que les tomaría talar la mencionada madera en los bosques de Bulubulo o Balzar, donde abundaba.

Hacia cualquiera de los dos destinos, debieron viajar cientos de kilómetros para alcanzar tales bosques naturales, cortar la madera, descortezarla, porque de lo contrario pierde flotabilidad y se pudre rápidamente, luego arrastrarla hasta la orilla de un río con suficiente caudal, armar las balsas y viajar aguas abajo hasta Guayaquil.

Por las grandes distancias que debieron recorrer, la lentitud del viaje movidos solo por las corrientes y el arduo trabajo que debieron realizar para extraer la madera, asumo que les tomó aproximadamente tres meses, después del ajusticiamiento de Estacio (16 de abril de 1547), para construir, adecuar y situar en la ciudad las balsas necesarias para el traslado del vecindario.

Quien conozca bien el comportamiento del Guayas en ese sector, coincidirá conmigo en que conducidos por el alcalde ordinario, Rodrigo Vargas de Guzmán, se embarcaron los 150 habitantes con todos sus aperos y animales. Navegaron río abajo hacia el sur de la isla Santay y arrastrados por la corriente se arrimaron a la Puntilla (río arriba de Punta de Piedra) en la orilla que actualmente ocupa nuestra ciudad.

En ese punto, los conquistadores esperaron la marea creciente y navegando próximos a la orilla, donde la corriente es más poderosa, subieron y atracaron en la playa de piedra de Las Peñas, en la falda del cerro Santa Ana. “Y pese a la larga búsqueda de un emplazamiento adecuado, el lugar elegido finalmente –la ladera meridional del Cerro de Santa Ana o Cerrillo Verde, en la orilla occidental del Guayas”.[6]

Una hipótesis

El tiempo que debió emplearse para preparar esta fuga masiva, partiendo del 16 de abril de 1547, en que Estacio es ejecutado, hace muy posible que el nuevo asiento de Guayaquil en la cumbre del cerro Santa Ana, por pura casualidad haya sido alcanzado el 25 de julio de ese año. Esta coincidencia finalmente ha beneficiado a la ciudad y evitado una distorsión de fechas históricas. 

Por otro lado, la historiadora Dora León Borja, el 25 de julio de 1963, en diario El Universo, admite que pese a la amenaza, no se mudaron inmediatamente y agrega: “Sin embargo, es solamente en junio de 1547 que los vecinos de Guayaquil –temiendo las represalias de los pizarristas de Quito– trasladan le ciudad definitivamente a su actual emplazamiento”.

Apenas un mes de diferencia existe entre la fecha que rescata la historiadora y julio que sostiene nuestra hipótesis, que admite la posibilidad que pudo haber coincidido el asentamiento de Guayaquil en el cerro Santa Ana con la fiesta patronal de nuestra ciudad, que aun se celebra cada 25 de julio. Hipótesis de difícil confirmación (pero que no deja de ser posible), por cuanto la totalidad del archivo que contenía cien años de documentos, en que debió constar todo el trayecto histórico de la ciudad, desapareció en 1633 durante el incendio de la Casa Consistorial.

Sin embargo, hay un documento que si bien está fechado 234 años después, es un buen fundamento para creer en tal coincidencia. Este es el acta del Cabildo celebrado en Guayaquil el 24 de julio de 1781, que consta en el libro de actas Nº 21, que comprende desde 1780 a 1783, que textualmente dice lo siguiente: 

En este Cabildo se trató sobre la fiesta con que se solemniza el Real Estandarte, en memoria de la conquista de esta ciudad y su Provincia, cuya función se verifica el día de mañana veinte y cinco del corriente en que celebra la Iglesia al Apóstol Santiago”.

Me pregunto yo ¿Qué significa aquello de la conquista de la ciudad y su provincia? Nada más lógico de responder que a partir del 25 de julio de 1547, la ciudad quedó definitivamente trasladada y afianzada en un sitio y territorio que tenía una posición segura. Pues, no volvió a sufrir ataques indígenas ni destrucción alguna de parte de ellos. 

Y así establecidos, los guayaquileños, desde este asentamiento estratégico “conquistaron” la provincia al posesionarse de la gran cuenca del Guayas. Y dueños de ambos espacios, a fuerza de trabajo tesonero conquistaron la ciudad y la provincia, iniciando la riqueza que en poco más de doscientos años, convirtió a Guayaquil en la ciudad más importante y rica de la América meridional. 

Desde entonces, utilizando el gran sistema fluvial del Guayas, estructuran la economía del país dominando primero el comercio con la Sierra centro-norte y sur, y posteriormente el internacional. El Guayas y su extensa red fluvial fueron sistema cardiovascular y columna vertebral de la socio-economía de la Audiencia, y la ciudad-puerto de Guayaquil, se convirtió en actora y principal motor de nuestra historia. Icono de la culminación del proceso de independencia iniciado el 10 de Agosto de 1809, de la cultura y las grandes transformaciones sociales ocurridas en el Ecuador.

Los traslados y mudanzas de Santiago realizadas entre su fundación, el 15 de agosto de 1534 hasta el 25 de julio de 1547, no fueron sino un conjunto de actos jurídicos cumplidos en la búsqueda de un espacio seguro para afianzarse y crecer. Fueron emplazamientos fugaces en que los vecinos estuvieron más preocupados por apagar incendios y salvar la vida que por la trascendencia y permanencia de la ciudad.


[1] Testigo Diego Escobar, probanza de Diego de Sandoval, del 19 de noviembre de 1539, Revista del AHG, número 7, p, 73.

[2] Cuya desembocadura al Guayas se situaba tras la isla Santay, Plano y estudios de Jaime Véliz Litardo, basados en las investigaciones de los historiadores Dora León Borja y Ádám Szaszdi.
[3] Testigo Gregorio Ponce, probanza de Diego de Sandoval, 19 de noviembre de 1539, que consta el la Revista del AHG número 7, p. 73.
[4] Dora León Borja y Ádám Szászdi. Santiago de Guayaquil <1535-1547> El Universo, julio 25 de 1971
[5] “Libro Primero de Cabildos de Quito”, Quito, II pp. 355-357, 1934.
[6] María Luisa Laviana Cuetos, “Guayaquil en el siglo XVIII, recursos naturales y desarrollo económico”, Sevilla, Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla. C.S.I.CCSIC., 1987, p. 29.

sábado, 4 de enero de 2020



La conquista y sus efectos                     


El informe de Pascual de Andagoya sobre la existencia de un poderoso reino al sur de Tierra Firme (Panamá), sacó a Francisco Pizarro y Diego de Almagro de sus cómodas existencias. Asociados estos con Hernando de Luque y con el licenciado Gaspar de Espinoza, sevillano, que fue el financista de la empresa conquistadora, Pizarro realizó un primer viaje que fracasó.

En un segundo intento, después del episodio en la isla del Gallo, que protagonizaron los “trece de la fama” y para no volver fracasado a Panamá, convence a Bartolomé Ruiz –enviado para capturarlo y llevarlo de vuelta a Panamá– de navegar al sur. Tocan Puná y Tumbes, y deslumbrado por las riquezas halladas en esta última, vuelve al istmo donde es recibido en triunfo.

En 1528 viaja a España, y obtiene las concesiones buscadas. Carlos V lo designa Adelantado de los territorios que conquistase. Y el 27 de diciembre de 1530, zarpa al sur desde Panamá, pasa por alto la selva que presentaba la Costa (ecuatoriana) y continuó al Tumbes que había conocido en su viaje anterior.

Este hecho de ignorar los extensos territorios costeros que más tarde formaron nuestro país, le llegó a Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala, como noticia por el “correo de brujas” que evidentemente existía en aquel entonces. Aguijoneadas sus apetencias y ambiciones viajó a España y valiéndose de ardides convenció al emperador Carlos V que tales territorios no habían sido concedidos a Pizarro. 

Una vez lograda la venia real para conquistarlos, y con la intención de despojar a éste y a sus socios de las grandes extensiones de tierra que comprendían el litoral y la serranía, identificada por el padre Velasco como Reino de Quito, zarpó del puerto de la Posesión (Guatemala) el 1 de enero de 1534.

Enterado en Panamá del zarpe de la expedición de Alvarado, el licenciado Gaspar de Espinoza, protector de Sebastián de Benalcázar, quien a la vez se desempeñaba como teniente de gobernador de Piura, envió un rápido esquife para prevenirlo de esta amenaza que pesaba sobre sus intereses comunes. Benalcázar, tan pronto recibió tan preocupante información, los primeros días de marzo de ese año marchó para enfrentar al gobernador Alvarado. Diego de Almagro –sospechando una traición por parte de Benalcázar– fue tras él a marchas forzadas.

En el ínterin, las diez naves que formaban la flota de Alvarado, que constituyeron la más poderosa armada que había navegado la Mar del Sur, había zarpado con 600 hombres de mar y tierra y 223 caballos. Luego de 33 días de navegación alcanzó la Costa manabita y desembarcó en Caraque (Bahía de Caráquez) el 25 de febrero de 1534.

Una vez reunido, entre los indígenas, un contingente humano que hiciera de tropa en situación de servidumbre, la expedición inició una marcha que al poco tiempo se encontró con una selva impenetrable, cruzada de ríos y obstáculos a cada paso. Una ruta de espanto y muerte que solo la codicia y la ambición pudo estimular su recorrido.

Luego de seis meses de permanecer perdido en la manigua, y sufrir cientos de bajas entre españoles e indios, llegó a un poblado indígena a orillas de un río (Daule). En balsas, navegó aguas abajo hasta la confluencia del río Amay (Babahoyo) y lo remontó hasta acercarse a la cordillera. 600 cadáveres, la mayoría indígenas y algunos españoles dejó Alvarado a lo largo del camino, coronó los Andes y descendió a los valles interandinos. 

“Siguiendo mi jornada adelante –dice el propio Alvarado en su informe– hallé rastros de caballos y los pueblos quemados y despojados, en lo cual conocí que habían españoles en la tierra”.

La marcha fue esforzada y los resultados no fueron nada halagadores. Después de seis meses de tan desastroso intento, este hallazgo que confirmaba la presencia de españoles en la zona, sumió en la decepción y desesperanza a él y a sus tropas que imaginaban un viaje inútil y la correspondiente pobreza.


Necesidad de una ciudad: La fundación de Santiago (Guayaquil).


La situación era compleja y difícil. El dilema que se presentaba en la mente de los conquistadores consistía en hallar la forma de llegar más rápido a estas tierras y tomar posesión de ellas. De esta forma, cada grupo podría justificar jurídicamente la toma de posesión de estos territorios en nombre de la corona española. 

Por eso, uno y otro se empeñaron en llegar lo más rápido a la región de los valles quiteños para, realizar las fundaciones de acuerdo a las exigencias de la conquista, que justificarían la posesión y apropiación de estas tierras para beneficio de ellos. De esta forma, ambos capitanes y sus tropas, a marchas forzadas, intentaron alcanzarlas y elegir el sitio adecuado.

Cinco meses tardaron Almagro y Benalcázar en llegar a las inmediaciones de la actual Riobamba, el mismo tiempo que Alvarado tardó en coronar la cordillera y descender a las planicies interiores. Los exploradores de Almagro descubrieron su presencia, y ante la inminencia del encuentro entre ambas tropas, a fin de afianzar la posesión legal del territorio, el 15 de agosto de 1534, Diego de Almagro fundó la ciudad de Santiago, que por estar en el territorio quiteño, asumió el topónimo Quito.[1]

Por la amenaza que implicaba la presencia de Alvarado, el acto fue tan precipitado, que Almagro no cumplió todos los requisitos legales que exigía una fundación, no levantó el rollo ni repartió los solares, solo firmó el acta. Y el 26 de agosto, con la fuerza legal que le daba el documento se entrevistó con Alvarado para negociar su retiro.

La partida la había ganado Almagro y como hábiles negociadores de intereses comunes decidieron no enfrentarse sino establecer un diálogo conciliador. En efecto, Almagro y Alvarado sabían que tenían que proteger y recuperar la inversión de ellos y sus socios en la empresa. 

Almagro, aunque tenía la sartén por el mango, pues había tomado posesión legal de los territorios quiteños, pero como Alvarado tenía el poder militar sabía que no podía arriesgar lo que habían logrado. Por eso entendió bien las necesidades de Alvarado. Con la habilidad de conquistador y comerciante, le abrió un espacio de negociación que podía  ser ventajoso para las dos partes. En efecto, así se dio. Terminaron tranzando, uno venció y el otro se retiró, pero ambos se protegieron.  

Por la suma de 100.000 pesos oro, Alvarado abandonó la empresa. Le vendió un galeón, tres naves y dos navíos de su flota y cuanto aprovisionamiento iba a bordo de estos. Toda su artillería y otras armas, esclavos, caballos, aderezos, etc. Hecho lo cual, Alvarado se retiró del escenario dejando la mayoría de sus hombres, quienes ante las promesas de riqueza hechas por Almagro no vacilaron en cambiar de jefe. 

Una vez resuelta la transacción con ventaja para las huestes de Pizarro, trece días después de fundar la ciudad de Santiago de Quito, el 28 de agosto, Almagro fundó la villa de San Francisco de Quito, en el mismo lugar que lo había hecho con Santiago. Y era tal su urgencia por volver al Perú, que ni siquiera firmó el acta de fundación.[2]

La transacción había aumentado notablemente el número de hombres y soporte de vituallas a la empresa de Almagro. Con este gran incremento, Almagro encargó a Benalcázar la conquista del norte, la pacificación del territorio quiteño y el traslado y asentamiento de la villa de San Francisco. El conquistador Benalcázar inició la marcha y en la búsqueda del tesoro de Atahualpa asoló cuanto poblado indígena encontró a su paso.

Amparado en la Real Cédula promulgada por Carlos V, el 4 de mayo de 1534, que facultaba al conquistador para que “cada y cuando le pareciera que un pueblo fundado o que fundare se deba mudar de sitio la pudiese mudar al sitio que le pareciere, con su nombre”,[3] el 6 de diciembre de 1534, dio nuevo y definitivo asiento a la villa de San Francisco de Quito en el lugar que hoy se encuentra la capital, sobre las ruinas humeantes que había abandonado Rumiñahui.

En marzo de 1535, Benalcázar envió al norte –a las provincias de Quillasinga y Condelunamarca– a dos hombres de su confianza, los capitanes Pedro de Añasco y Juan de Ampudia, para buscar información sobre las riquezas y sociedades  indígenas existentes en esos territorios. Los capitanes delegados hicieron bien su trabajo y no tardaron en informarle de los tesoros hallados en esos destinos. 

Con esta información, y conociendo Benalcázar, por los hombres de Alvarado de la existencia de ríos y caminos, que habían recorrido para llegar a la Sierra, más la jurisprudencia previa del traslado de San Francisco de Quito facultado por la cédula mencionada, decidió pedir a Francisco Pizarro su autorización para conquistar tales provincias del norte. Decisión que fue apoyada por Juan de Espinoza, hijo de su protector.

Conforme avanzaba el proceso de conquista se iban aclarando muchas cosas para la sociedad Pizarro, Almagro y Benalcázar. Los socios debieron frotarse las manos por el éxito y los beneficios obtenidos. La empresa conquistadora finalmente estaba en sus manos y los territorios de las sociedades aborígenes les pertenecían. 

Todo estaba claro en la mente de Benalcázar: ante la inutilidad de la fundación de Santiago de Quito en Riobamba, emplazamiento que no cumplía ningún propósito para la conquista, la trasladaría a la Costa a orillas del río que era vía expedita hacia las montañas.[4] Y para satisfacer la logística que demandaba tal operación militar, obtendría un puerto más cercano que Paita. Estas conclusiones, encajan perfectamente con los acontecimientos posteriores que culminaron con el traslado de Santiago a la Costa.

Pocos meses después de los éxitos obtenidos, siguió en su tarea de extender la conquista e incorporar y saquear otros territorios. En junio de 1535, Benalcázar salió desde Quito hacia el Perú,[5] tocó Santiago, que no era otra cosa que un simple campamento militar. Lo levantó, y con la dotación de soldados que lo guarnecían se encaminó al sur. 

Se reunió con Pizarro, le entregó parte de los tesoros recogidos en el saqueo de los poblados quiteños y obtuvo la anuencia requerida para tal empresa. Con sus aspiraciones colmadas se trasladó a su gobernación de San Miguel de Piura donde concedió un descanso de un mes a sus hombres.                        


[1] Para enfrentarse a la intromisión de Alvarado, Diego de Almagro –en nombre de Pizarro__– funda el 15 de agosto de 1534 la ciudad de Santiago, en el asiento de Riobamba, en plena zona Andina. Un año después, Sebastián de Benalcázar la traslada a los llanos costeros, junto a un pueblo indio llamado Guayaquile y al río de Guayaquil, a unos 25 kms. al este de su actual ubicación. El principal motivo de este traslado fue la necesidad de mejorar las comunicaciones entre el núcleo conquistador de Quito y el mar, por donde se podían recibir refuerzos de hombres y animales. Adam Szaszdi y Dora León Borja, Los recursos y desarrollo económico de Guayaquil, 1535-1605. Bamberg, Alemania, Hermann Kellenbenz und Jurgen Schneider, 1978.

[2] Libro Primero de Cabildos de Quito, tomo I.
[3] Miguel Aspiazu Carbo, El Acta de Fundación d la Ciudad de Santiago de Guayaquil (Santiago de la Provincia de Quito), 15 de agosto de 1534, Guayaquil, CCE Núcleo del Guayas, 1970. p.
[4] Paresciéndole a su señoría que el dicho pueblo se debía mudar a otra parte, con él en su nombre se pueda mudar, porque al presente, a causa de ser la tierra nuevamente conquistada e andar acabándose de pacificar, no se ha visto ni tiene espiriencia de los sitios donde mijor pueda estar el dichjo pueblo. Julio Estrada Icaza, Guía Histórica de Guayaquil, Guayaquil, Poligráfica, 1995, p, 10.
[5] Vido como el dicho capitán Sebastián de Benalcázar se partió desta villa para ir a la costa e vido ir con el dicho capitán al dicho Diego de Sandoval e que sabe que se conquistó la dicha tierra e se hizo la dicha ciudad. Testigo Antón Diez, Probanza de Diego de Sandoval, Quito, 19 de noviembre de 1539.


Navegantes veleros prehispánicos


La historia litoralense ecuatoriana no comienza con la conquista hispana, aunque así se ha querido que la veamos. Lo nuestro, el espíritu autonomista que nos identifica empieza mucho antes. 

En nuestro extenso, fértil y cálido territorio costeño había culturas, religiones, señoríos, cacicazgos, organización política, acciones guerreras. Estas organizaciones sociales tenían activo y extenso intercambio y comercio en la gran red fluvial del Guayas. 

Incluso estos pueblos prehispánicos autóctonos habían conformado una sociedad indígena estructurada que habitaba en una población llamada Guayaquile. Esta organización social ya existía a orillas del río de Guayaquil, como veremos más adelante, cuando al finalizar 1535 Benalcázar cumple el traslado de la ciudad de Santiago a la Costa. 

También los manteño-huancavilcas, únicos navegantes veleros de América, en su intensa práctica de comercio dinámico realizaban un recorrido activo y extenso en balsas hasta el Perú por el sur y hacia el norte hasta Acapulco (México) navegando grandes distancias en mar abierto por la ruta de Galápagos.[1]

Señalan las crónicas que el célebre navegante y piloto de la conquista del Perú, Bartolomé Ruiz, en su segundo viaje, recibió de Pizarro la orden de explorar las Costas en busca de alimentos y agua. Mientras navegaba frente a la bahía de San Mateo avistó una vela en el horizonte. Sorprendido, pues sabía que ninguna otra expedición se había hecho a la mar antes que la suya, enrumbó hacia esta su embarcación con el ánimo de abordarla. 

Cuál su sorpresa, Bartolomé Ruiz no se encontró con una embarcación cualquiera, sino con una balsa velera que fluidamente realizaba viajes oceánicos. Era los puneño-manteño-huancavilcas que navegaban rumbo al norte. Ruiz, en su bitácora, registra extensa y detalladamente su encuentro con la embarcación, sus tripulantes y lo que en ella se transportaba: 

traían muchas piezas de plata y oro para el adorno de sus personas, para hacer trueque con ellas con quien iban a contratar, que intervenían coronas y diademas y cintos y pañetes y armaduras, coraza de piernas y petos y tenacelas y cascabeles (…) tazas y otras vasijas para beber (…) traían muchas mantas de lana y de algodón y camisas y aljujas y alcaceres y aleremes y otras muchas ropas todo los más bello muy labrado de labores muy ricas, de colores de grana y carmesí y azul y amarillo”.

También la crónica hace referencia a determinadas costumbres indígenas respecto a la organización religiosa y administrativa de cuatro pueblos que conformaban el señorío de Salangome, situado en el actual puerto de Salango y la isla del mismo nombre. En esta crónica, el conquistador se refiere a un adoratorio: 

Hay una isla en el mar junto a los pueblos donde tienen una casa de oración hecha a manera de tienda de campo, toldada de muy ricas mantas labradas a do tienen una imagen de una mujer con un niño en los brazos (…) tienen muchas herramientas de cobre e otros metales con que labran sus heredades y sacan oro (…) tienen los pueblos muy bien trazados de sus calles, tienen muchos géneros de hortalizas y tienen mucha orden y justicia”.

Con lo que el piloto Ruiz se dio de manos a boca, no fue solo una balsa cargada de piezas de oro, tejidos, vasijas, etc. Ni con un señorío indígena costeño, con religión, organización política, organización urbana y trabajo colectivo. El navegante español con lo que se encontró fue con una ordenación de hábiles navegantes, que realizaban un diligente sistema de comercio autónomo que nos ha marcado desde tiempos remotos.

Esta actividad comercial de los naturales de esta zona había comenzado mucho antes de la llegada de los españoles. Además, fue una actividad que sirvió para integrar un territorio político y cultural afín, formado desde el litoral colombiano sur y norte peruano. Y por supuesto, de ésta nació la confederación de mercaderes costeños formada por manteños, huancavilcas, punáes, chonos y tumbesinos.

Acciones y actitudes frente a la vida que permitieron la dispersión de información y tecnología entre los antiguos americanos de la Costa del Pacífico. Redes de comercio originadas en el litoral ecuatorial por aquellos que constituyen nuestro ancestro. Actividad centrada en la Costa ecuatoriana que acarreó un desarrollo socioeconómico distinto de otros pueblos que se asentaban en las serranías andinas. En otras palabras Ruiz encontró una estructura social a plenitud. 

El arqueólogo guayaquileño, Dr. Jorge Marcos Pino, en una de sus importantes investigaciones sostiene que el comercio funcionaba a base de un elemento de cobre clasificado como “hachas monedas”. Estas, “acumuladas como hachas ceremoniales se las transformaba en valor de uso, y con el tiempo, y la introducción del cobre, se mantuvo la forma de hacha para representar un valor de cambio o moneda”.

Los traficantes de abalorios, tejidos, etc., que hemos descrito, comerciaban también con la concha de origen marino de un molusco llamado Mullo (Spondylus),[2] que entonces crecía en torno a la Isla de la Plata, frente a la Costa de Manabí, entre los 20 y 60 metros de profundidad. La cual fue difundida y utilizada como pieza de intercambio simple. 

El Spondylus no era un producto cualquiera sino que era un bien que tenía que ver con los rituales religiosos de diferentes pueblos. Sociedades aborígenes le atribuían propiedades sobrenaturales y religiosas, y reputada como valores y símbolos divinos, la utilizaban en ceremonias para clamar por lluvias, cosechas, aliviar males, etc. Con tales atributos circuló abundantemente desde el norte chileno hasta las Costas de México, penetrando a la región andina por Cajamarca donde establecieron, de sur a norte, un corredor de intenso comercio.

A partir de entonces la demanda fue tan grande, que el molusco se agotó en los depósitos de la Isla de la Plata y debieron ampliar su zona de pesca a otras latitudes. Centro América y México, resultaron ser los nuevos yacimientos que empezaron a explotar. Hecho confirmado por investigaciones arqueológicas que permitieron hallar en esas Costas, anclas marinas que solo nuestros navegantes primitivos utilizaban para sus faenas de buceo.

Uno de aquellos asentamientos, utilizado como cabeza de playa para las operaciones prehispánicas de buceo del Spondylus, en la actualidad es un pueblo de indígenas pescadores mexicanos, cuyo dialecto es totalmente diferente a los dominantes en ese país. La tradición oral sostiene que su raza “vino del mar de la tierra siempre verde”,[3] condición de bosque tropical que identifica plenamente a nuestras Costas. 

Además, las anclas y los restos de aparejos de pesca encontrados en ese lugar por el arqueólogo mexicano José Beltrán, son exactamente los mismos que los descubiertos en las excavaciones realizadas en Manta.

Las diferentes sociedades aborígenes que habitaban en nuestro litoral, con éste tráfico comercial de larga distancia, no solo ampliaron su riqueza y soporte económico, que los llevó a un proceso de unificación y expansión, sino que los condujo a una polarización mercantil.

Fueron formaciones sociales costeñas que se definieron por una forma de producción que puso de relieve una vocación de espacios abiertos, la cual en términos modernos podríamos encasillarla como una actividad y red de comercio mercantil precolombino.

Ante este encausamiento, las sociedades interandinas se orientaron hacia formas productivas vinculadas directamente con los hombres del mar. Por eso decimos que la conquista española no fue la génesis de nuestro mundo costeño. Su aborigen, ya era navegante, mercader, emprendedor, con vinculaciones río-mar, y mentalidad abierta como su horizonte.


[1] Jorge Marcos, Arqueología de la Costa Ecuatoriana, Guayaquil, Espol, Pág. 163, 1986.

[2] Mullo (Quichua) la concha espinosa del Pacífico Tropical Spondylus Princeps Broderip. De esta concha se hicieron también cuentas y chaquiras, y por lo tanto la palabra mullo en nuestros días, en la Sierra del Ecuador principalmente se la usa como equivalente de cuentecillas o chaquiras. Jorge Marcos, Op. Cit. Pág. 163.
[3]Robert C. West, “Aboriginal sea navigation between midle and So. America”. American Antropologist, Vol, 63, 1961, Págs. 133-135.

jueves, 2 de enero de 2020


Simiente guayaquileña

Miguel Agustín de Olmedo y Troyano, nació en Málaga por 1737. A los 20 años, como gran parte de los hijos segundones, salió a buscar fortuna y emigró legalmente a América. Desembarcó en Cartagena en 1757 y se trasladó luego a Panamá donde se reunió con un hermano de su madre, quien se desempeñaba como comandante de la artillería de Tierra Firme. Al lado de su tío permaneció algún tiempo y bajo su amparo se desempeñó en un cargo burocrático. Hombre hábil en el comercio prosperó, se independizó de su protector y se trasladó a Guayaquil.
Según el informe el gobernador Juan Antonio Zelaya que sobre él envió al virrey, dice que apenas requirió de tres años para convertirse en un comerciante acreditado. Al año de residir en esta ciudad no solo era un empresario exitoso, dueño de una gran fortuna, sino un filántropo. 
En 1764, de motu proprio reparó a su costa el famoso puente que unía Ciudad Nueva y Ciudad Vieja. En 1765 se evidenció el déficit de viviendas que se produjo por el “Fuego Grande” (10 de diciembre de 1764). Olmedo ofreció al gobernador dos casas, una propia y otra alquilada de su peculio, destinadas a alojar toda la oficialidad y tropa llegada de Lima y Panamá a pacificar las sublevaciones indígenas serranas. Tres años, mientras duró la estancia de los militares las mantuvo consignadas para tal fin.
Como recompensa por los servicios, el gobernador Zelaya lo nombró Comisionado Tesorero pagador de tal expedición pacificadora. Cuando el virrey peruano, Mesiá de la Zerda confirma tal empleo y le concede un sueldo de 2.500 pesos anuales, que Olmedo no quiso cobrar como prueba de su desinterés al servicio del Rey. 
En 1766 fue nombrado corregidor interino de Quito por muerte del titular y acepta “abandonando intereses y comercio en la de Guayaquil y Panamá, con considerables quebrantos y pérdidas”. Al año siguiente fue designado por el Cabildo quiteño alcalde ordinario de 2º voto, cargo en el que se desempeñó con su característica diligencia sin aceptar emolumentos. 
Con el mismo desinterés por el dinero aceptó el encargo del presidente Diguja de la Audiencia de Quito, para conducir a Guayaquil y ocuparse de su embarque a un grupo de sesenta jesuitas expulsados de la provincia el 31 de agosto de 1767. 
En 1775, con fondos propios uniformó a la Compañía de Granaderos del Batallón de Infantería de Blancos de las Milicias Disciplinadas, por este hecho, el 30 de julio de 1776, el virrey Flores lo nombró capitán de ella.
No fue necesario que nuestro hombre esperase demasiado para verse inmerso en un nuevo servicio a la Corona. Siendo capitán de la mencionada compañía, recibió la orden de partir en una expedición al Marañón para expulsar a los portugueses que habían invadido territorios de la Audiencia. 
Reclutó 176 hombres en Guayaquil, para cuyo sustento, movilización, etc., las Cajas guayaquileñas remitieron a Quito la suma de 15.000 pesos como parte para cubrir los gastos de la expedición y como contraparte las Cajas Reales de Piura debían entregar una suma semejante pero le fue negada. Olmedo se queja de esta acción diciendo: “tuve que valerme del crédito y propios bienes para subvenir a todo”.
A su retorno a Guayaquil, Miguel de Olmedo, continúa en primer plano en cuanto a prestigio que había adquirido luego de tantos señalados servicios a la Corona. En 1779 el visitador Pizarro lo designó procurador general del Cabildo, y poco más tarde alcalde ordinario, y durante todo ese tiempo fue armador propietario de más de dos barcos mercantes. Con esta gran calidad de vida, no solo que obtuvo el aprecio general sino que incrementó considerablemente su fortuna, pues era un hombre con quien todos querían tener una relación de negocios. 
Una de las actividades comerciales que este notable e inquieto malagueño intentó desarrollar, siempre pensando en el beneficio colectivo y en el suyo propio, fue la del abastecimiento de hielo y nieve a la ciudad. En este proyecto que presentó al cabildo en julio de 1776, hace referencia que la idea sobre esta actividad se le ocurrió reflexionando sobre la naturaleza y clima de Guayaquil, donde al paso que su bello cielo puede producir los más benéficos efectos a la delicia y comodidad humana, “se padecen incomodidades y enfermedades que provienen del principio y causa del calor, cuya intemperie puede reprimirse con su efecto contrario, que es el frígido”. 
Esta propuesta no contenía una idea original de Olmedo, pues ya habían existido empresarios que previamente desarrollaron actividades similares. Sin embargo, previamente a la aprobación fue largamente discutida con el Cabildo, pues cada parte deseaba obtener el mayor provecho de la actividad. Finalmente, el Cabildo la envió a la Corte que la aprobó por Real Cédula del 6 de noviembre de 1777. 
Sin embargo, las supuestas ventajas de la concesión para el aprovisionamiento del hielo a Guayaquil, no tuvo los réditos esperados. Porque además de todas las dificultades de la extracción, transporte y almacenaje, Olmedo fue defraudado por su socio, “un sujeto americano con quien hizo la contrata para la permanencia y que se le quedó con el resto de trece mil pesos de lo mucho más que para ello le entregó”.
A partir de entonces no volvió a ocupar un cargo público, aunque se mantuvo como empresario privado y trabajador incansable hasta su muerte. Frecuentemente viajaba a Quito por asuntos relacionados con sus negocios. Y su prestigio era tal, que por repetidas oportunidades llevó la representación de algunos guayaquileños para tramitar instancias varias ante las autoridades de la Audiencia. A este hombre tan especial, le tocó vivir los efectos del monopolio que sobre la exportación del cacao de Guayaquil, que en contubernio con el virrey del Perú, ejercían los comerciantes piuranos y limeños. 
La más significativa de estas gestiones, le tocó presentar en Quito el 16 de enero de 1784. Por intermedio del presidente de la Audiencia, Pizarro, hizo a la corona, en representación de nueve vecinos cosecheros de Guayaquil para que se les concediese permiso para exportar a México 20.000 fanegas de cacao al año “en tiempo de paz, y 30.000 en época de guerra”, ofreciendo en compensación, la creación de un centro de estudios en esta ciudad, pese a esto fue negada. Nada conmovió al rey, empeñado en proteger la producción cacaotera de Venezuela, competidora de Guayaquil, no con calidad, sino con la protección oficial que actuaba por intereses en las plantaciones de esa Capitanía General.
En 1785, nuestro hombre, como buen testarudo asimilado a nuestra ciudad, empeñado en hacer negocios, repitió su petición. Esta vez, se limita a solicitar para sí y sus representados la exclusividad en la exportación de cacao hacia Acapulco, por el lapso de doce años, las 10.000 fanegas anuales permitidas a la provincia, privilegio que se había concedido en 1778. Esta solicitud, según real orden del 8 de enero de 1786, corrió la misma suerte que la anterior.
Además, su vida en esta ciudad es, como lo asegura María Luisa Laviana: “un modelo de adaptación en América”. Porque don Miguel, fue eso, un multifacético que podríamos decir que dominó muchas pericias, cuyas actividades reflejan los problemas y triunfos que caracterizaron a la sociedad que lo acogió. 
Nuestro interés en Miguel de Olmedo, no es solo para destacar sus actividades, su espíritu empresarial, que siempre lo llevó a pensar en grande; su filantropía, manifestada a lo largo de cien actuaciones de beneficio público; su patriotismo, expresado en su permanente disposición a servir con bienes y persona. Por ello ocupó siempre una posición destacada entre los hombres de su época, razón más que suficiente para que su nombre aparezca constantemente en la mayoría de los documentos que se refieren a pesquisas o residencias realizadas en esta ciudad en las últimas décadas del siglo XVIII. 
Pese a que María Luisa Laviana dice que los rasgos de su personalidad tienen las características de “ese espíritu andaluz” que lo llevó a tener “propensión al público” y una mentalidad “obrera y vigilante”, nosotros, respetuosos de los andaluces, estamos seguros que todo ello le resultó cómodo aplicar en Guayaquil, porque halló en ella la gente impetuosa y el ambiente de trabajo febril que lo llevó, sin olvidar sus raíces, a identificarse perfectamente con su sociedad. 
Un personaje de excepción, cuyos señalados méritos evidentemente transmitió genéticamente a otro guayaquileño de trascendencia nacional. Pues don Miguel de Olmedo, es nada menos que el padre de nuestro más grande prócer nacional, José Joaquín de Olmedo, mentor y gestor del 9 de Octubre de 1820, punto de partida de la independencia ecuatoriana. 

miércoles, 1 de enero de 2020


La Junta de Beneficencia de Guayaquil

La cultura de solidaridad es una práctica profundamente arraigada en todos los estratos de la sociedad guayaquileña, son el más claro antecedente, y se sintetizan en la creación de muchas instituciones de servicio a la comunidad, en particular la Junta de Beneficencia de Guayaquil. Sentimientos humanitarios inmanentes a una manera de ser, particular manantial de generosidad, que en el curso de la historia surgieron en todo momento plenos de emoción cívica. En el proceso de desarrollo republicano, pese a diversas y adversas circunstancias que afligieron a la ciudadanía se mantuvo esa característica.  Pero, no solamente como una conducta social, sino en forma increíble, como resultado del centralismo excluyente, impuesto por una burocracia insensible a todo lo que no satisfaga sus intereses mezquinos o visiones de antipatria. 
Dineros que perteneciendo al conglomerado humano que supone ser nuestra nacionalidad única, que debieron trascender a todo el país para su desarrollo general y equitativo, han sido históricamente escamoteados con el solo fin de financiar una vida dispendiosa e improductiva de un estado insaciable y obeso, desde la Colonia hasta nuestros días. Resulta inaudito, que la autodefensa asumida por Guayaquil ante su avance hacia la modernidad, haya sido razón principal de su progreso en vialidad, salud, educación, etc. Fenómeno sufrido especialmente por las provincias del litoral, las más productivas, que habiendo sostenido al país por 140 años, se vieron obligadas a crear sus propios servicios a costa de aportes locales. 
La voluntad ciudadana de la beneficencia en Guayaquil, ha sido tan marcada, que incluso fue asumido por sus más destacados hombres públicos, como Vicente Rocafuerte que gracias a la solidaridad y al aporte generoso de los guayaquileños fundó la primera sociedad de beneficencia en 1842. Veinte años después, en 1862, el Concejo Cantonal de Guayaquil, presidido por don Pedro Carbo, estableció una segunda Junta de Beneficencia en esta ciudad: 

EL CONCEJO CANTONAL DE GUAYAQUIL

CONSIDERANDO:
Que esta ciudad y los demás pueblos del cantón carecen todavía de los suficientes establecimientos de beneficencia; y que conviene ir adoptado medidas para crearlos y fomentarlos, como lo aconsejan los respetos de la religión y de la moral.

ORDENA:
Art. 1o.- Habrá una Junta de Beneficencia en esta ciudad, compuesta de ocho miembros nombrados por el Concejo Cantonal.
Art. 2o.- La Junta nombrará su Presidente y Vicepresidente.
Art. 3o.- También nombrará un Secretario y un Tesorero, de dentro o fuera de su seno.
Art. 4o.- Tanto el encargo de miembros de la Junta, como los de Secretarios y Tesoreros, serán servidos gratuitamente.
Art. 5o.- La Junta se dará un reglamento para la dirección de sus trabajos.
Art. 6o.- El objeto de la Junta, es el alivio de la humanidad doliente, del desvalido y del huérfano.
Art. 7o.- La Junta hará todo lo posible para procurarse los fondos necesarios para el establecimiento y conservación de hospicios y casas, en que puedan ser recogidos y socorridos los pobres y huérfanos, tanto de la ciudad, como de los demás pueblos del Cantón, sin perjuicio de las cantidades pues el Concejo Cantonal pueda apropiar anualmente para esos mismos objetos.
Art. 8o.- Entre tanto se puedan establecer los hospicios y casas de caridad, de que trata el artículo anterior, la junta queda encargada de la recolección y dirección de los socorros públicos, a fin de suministrar siquiera alimentos a aquellos infelices, que no pudiendo trabajar absolutamente, necesiten vivir de la caridad pública. La Junta podrá en consecuencia solicitar de los vecinos, que se suscriban con lo que puedan contribuir para esos socorros.
Art. 9o.- Cuando los fondos lo permitan, se harán también suministros a los pobres, en vestidos o dinero.
Art. 10o.- La Junta tendrá un local destinado para el depósito de los alimentos y demás objetos que se distribuyan a los pobres.
Art. 11o.- La distribución se hará por un empleado asalariado, que elegirá la junta, con el nombre de “proveedor de socorros públicos”, el cual socorrerá a las personas que le presenten una papeleta firmada por el Presidente y Secretario de la Junta, en que conste que el portador es realmente desvalido.
Art. 12o.- Desde que la Junta pueda socorrer a todos los pobres de la ciudad quedará prohibido pedir limosnas en  las calles y casas.
Art. 13o.- La Junta se reunirá en un local de la casa Municipal el lunes de cada semana, y el 1 de cada mes, para oír los informes y las  cuentas del Tesorero y del proveedor de socorros públicos, y para adoptar cuantas medidas crea convenientes sobre el ramo que le está confiado.
Art. 14o.- Los alimentos y demás artículos que se necesiten para los objetos de que habla esta ordenanza, se comprarán por contratas al mejor postor.
Art. 15o.- El 1 de cada año la Junta de Beneficencia presentará al Concejo Cantonal un informe de los fondos que haya colectado e invertido de la estadística de los pobres del Cantón, y de cuanto crea conducente al establecimiento, mejor arreglo y progreso de las obras de beneficencia de que trata esta ordenanza.

Guayaquil a 19 de mayo de 1862.
El Presidente del Concejo.- Pedro Carbo 
Secretario Amadeo Espinoza.
Jefatura Política del Cantón-Guayaquil, mayo 26 de 1862.

Ejecútese -José Vicente Maldonado, Francisco Antonio Arboleda. 
(Diario La Unión Colombiana ,04/06/1862).

El 22 de febrero de 1881, el presidente del Concejo José María Urbina Jado, designó una comisión presidida por Pedro Pablo Gómez Tama, para redactar el estatuto de un ente benéfico. El Concejo de Guayaquil, acorde a la ley del 13 de agosto de 1887, promulgó, el 17 de diciembre de ese año la ordenanza que creaba la Junta de Beneficencia Municipal de Guayaquil. El 29 de enero de 1888, con el objeto de instalarla, se reunieron los miembros designados por el Concejo Cantonal. Esta primera asamblea, estuvo dirigida por su presidente doctor Francisco Campos Coello, y constituida por los siguientes caballeros: Joaquín Febres Cordero, Federico Mateus, Francisco Fernández Madrid, Eduardo M. Arosemena, Francisco X. Aguirre, Jorge Chambers, Alcides Destruge, Pedro Pablo Gómez Tama, Clímaco Gómez Valdez, Adolfo Hidalgo, Isidro M. Icaza, Martín Reimberg, Francisco J. Riofrío, José P. Quevedo. Rodrigo Arrarte, Gustavo M. Rodríguez, y Carlos Stagg.
No ha faltado alguien con un profundo complejo de frustración aristocrática, que ha dicho, que la Junta de Beneficencia, desde su fundación ha sido compuesta por un “único círculo que narcisamente (sic) se contempla en el espejo del patricio, de la unidad, de la solidaridad, de la exclusividad, de la diferencia privilegiada, excluyendo y condenando a otros grupos que lidian en las fronteras de la institución”.
Se ignora que es la misma solidaridad y calidad humana de un voluntariado, nacido de una incipiente clase media que a partir de 1878, fundó la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso. Desde entonces, una tras otra surgieron la Sociedad de Beneficencia Garibaldi; la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso, la Sociedad Protectora de la Infancia, el Hospital de Niños León Becerra, la Casa Cuna, Liga Ecuatoriana Antituberculosa, SOLCA, etc. Todas ellas nacidas como reacción de la ciudadanía ante el abandono gubernamental.
La ciudad, carente de agua potable, alcantarillado y otros servicios básicos, a la cual el censo de 1890 le atribuía la cifra de 44.772 habitantes, tenía muy graves problemas de salubridad, educación, etc. La mortalidad infantil, causada por el tétano umbilical, paludismo, tifoidea, viruela, sarampión, amebiasis, alcanzaba cifras espeluznantes. En los adultos, además, se hacían presentes la bubónica, tuberculosis, tétanos, enfermedades venéreas, especialmente sífilis, etc. En los partos abundaba la sepsis puerperal y la inexistencia de la ginecología causaba numeroso fallecimientos en las madres; las cirugías se limitaban a afecciones externas, por cuanto las internas, casi siempre mortales, se evitaban por falta de técnicas y equipos adecuados.
Este es un pálido reflejo de la realidad, que nos muestra el grado de abandono en que se debatía la ciudad. Ante esta situación y la desatención crónica de los gobiernos y una burocracia resentida y envidiosa, cargada de ánimos contrarios a Guayaquil, se hizo urgente la presencia de un ente protector, humanitario. Y fue la elite guayaquileña, donde estaba el poder económico, o los “notables”, como sarcásticamente se refieren con el mismo resentimiento al que me he referido. Estrato social que, teniendo los recursos asumió un voluntariado para fijar los objetivos y finalidad de la JBG. No podía ser de otra forma, pues en las clases menos favorecidas no habían medios para crear una entidad de esa envergadura ni acceso a los altos círculos y firmas comerciales donde se podía hallar la predisposición a la filantropía. El esfuerzo de esa elite fue canalizado a la asistencia de la población menos favorecida, la cual, víctima de enfermedades y padecimientos espirituales, no tenía ninguna posibilidad de recibir auxilios por parte de los poderes públicos.
La Junta, como la llamamos, que por ser única sabemos que se trata de la Junta de Beneficencia de Guayaquil, es resultado de la intervención y participación de la sociedad y empresariado guayaquileños, que pudo afrontar los requerimientos y cumplir con el propósito inicial de asistir a los enfermos privados de recursos, en un centro médico y hospitalario, administrado en forma ad honorem por un grupo de ciudadanos escogidos. Con donaciones, pequeños y millonarios legados, más un manejo honesto de sus bienes, la Junta, adquirió muchas propiedades valiosas, estableció la Lotería de Guayaquil, con las cuales incrementó sus activos. Dedicación ejemplar, con la cual hasta hoy, la Institución sostiene servicios de maternidad, educacionales, hospitalarios (general, ginecológico y psiquiátrico), asilos de ancianos, de huérfanos, cementerio, etc., al servicio de todos los ecuatorianos, lo cual es una muestra palpable de la solidaridad guayaquileña hacia el país. 
Por su tradicional y característico desprendimiento de todas las clases sociales, no elude cualquier campo propicio para ampliar sus servicios, lo cual, siempre ha concitado admiración y envidia a la vez. Sentimientos humanitarios expresados a través de ella, con los cuales siempre contó Guayaquil para servir a los más necesitados. De esta manera, la beneficencia, como acción, entrega y unión, creció como elemento inseparable del espíritu de los estratos sociales guayaquileños. 

Artículo dedicado a Guayaquil y a su Junta de Beneficencia por los 125 años de su creación. 


                                                                            Guayaquil, 29 de enero de 2013