Almirante
William Brown en Guayaquil I
En la lucha por el dominio y
control del mar, de las rutas y circuitos comerciales, Inglaterra, Francia y
Holanda armaron flotas corsarias que infligieron grandes daños a España que fue
la primera potencia mundial de los siglos XVI y XVII. Aniquilaron su orgullosa
Armada Invencible, arrasaron sus puertos, etc. La política astuta y agresiva de
Isabel I de Inglaterra llevó a ese país a constituirse en la primera potencia
naval y económica mundial. En los siglos XVIII y XIX, cuando el ocaso español
era irreversible hombres como Brown, Cochrane, O´Higgins, Illingworth, O´Leary,
y muchos otros de sus coterráneos, estaban listos para asestar la estocada
final y bajo un aparente voluntariado reforzaron los ejércitos liberadores que
luchaban en América.
Pero, ¿era realmente la propia
voluntad de estos hombres que los llevó a participar en esta lucha? O sólo
respondían a los intereses de los países involucrados en el aniquilamiento del
poderío español. Yo diría que en la combinación de ambos debe estar la verdad.
Pues tales gobiernos buscaron por cualquier medio terminar con la cada vez más
debilitada España. Y para cumplir con el mandato de sus intereses políticos y
financieros acudieron batallones enteros especialmente de ingleses. Brown,
entre estos, aunque es considerado un héroe argentino su misión forzosamente
debió tener su origen en la corte inglesa. Sin embargo, nunca se hallará un
documento que lo demuestre pues sobre tales interioridades no se dejaba
constancia escrita. Lo único cierto es que el control que España quería ejercer
sobre los mares de Hispanoamérica y sus territorios era un verdadero
anacronismo que debía terminar.
Entre nosotros es poco conocida
la finalidad que tuvo la presencia del comodoro Brown en el escenario colonial
de esta ciudad. Hay quienes lo tienen por uno más de aquellos, que armados en
corso por potencias europeas procuraron arrebatar los mercados a España. Otros
como uno de tantos extranjeros que bajo esos auspicios vinieron a luchar por la
libertad de lo que quedaba bajo el dominio español en este lado del mundo.
Nosotros creemos que llenó ambas formas, pues la necesidad de abastecer la
tripulación de lo indispensable para su misión y proporcionar su paga, a tan
gran distancia de su punto de origen lo llevaron a la práctica del asalto. De
lo contrario cómo podemos entender las capturas de buques que hizo, la venta de
mercancías robadas y los fines de lucro que en general capturó.
William Brown, personaje que
participó en esa epopeya, nació en Foxford, Irlanda, el 22 de junio de 1777.
Hijo de un modesto colono emigrado de los Estados Unidos con su familia. Muy
niño quedó huérfano y sin recursos de ningún género por lo cual, en busca de un
oficio, se alisto en un buque de guerra de ese país y adquirió la profesión de
marino en la cual se destacó por su arrojo y valentía.
Al estallar la guerra entre
Francia e Inglaterra en 1805, Brown comandaba un buque mercante inglés que fue
capturado por la escuadra francesa. Sometido y reducido a prisión, se fugó a la
primera oportunidad que tuvo, una vez libre se trasladó a Buenos Aires, donde
compró la goleta Industria para
dedicarse a la transportación de cueros como medio de vida sin comprometerse con
bando alguno. Pero en 1811 fue capturado por los españoles, reprimido por sus
autoridades y casi arruinado. Esto lo hizo comprender cuanta importancia tenía
la libertad y la independencia.
Así abrazó la causa de las
armas rebeldes a las que fue incorporado con agrado con el cargo de teniente
coronel y destinado al mando de una pequeña flota, que participó en forma
destacada en la toma de Montevideo, acción en la que resulto herido. Regresó a
Buenos Aires dejando la escuadra para embarcar artillería, provisiones, etc.,
que fueron transportados a esa capital. Tal flota fue liquidada a excepción de
las naves menores que después de la caída de Montevideo intervinieron en otras
acciones. Y como testimonio de su gratitud y en recuerdo de los importantes
servicios prestados por el comodoro Brown en la toma de Montevideo el Gobierno
Argentino le donó la fragata Hércules.
Una vez consolidada la
independencia de Argentina, con su correspondiente proceso de altibajos, de
éxitos y fracasos, y cesada la guerra civil el gobierno de Buenos Aires pudo
dirigir su mirada hacia otros asuntos. De los cuales el principal era adelantar
por todos los medios posibles la independencia de los territorios americanos
que aún estaban en poder de la corona española. Con tal objeto se determinó
enviar al Pacífico una escuadra al mando del comandante Brown, a fin de
debilitar el poder colonial, proteger y estimular las tentativas
revolucionarias contra éste. Simultáneamente se preparaba la expedición de San
Martin que cruzaría los Andes para cumplir una serie de importantes campañas
militares.
En 1815 fue invitado a una
reunión con el director supremo de las Provincias Unidas, Juan Martín de
Pueyrredón, a fin de entregarle el mando de una flota corsaria y comprometerlo
con la guerra de independencia americana. Convinieron en un documento de quince
puntos que constituía un contrato para fijar las acciones de corso que debía practicar
en el Mar de Sur. En este quedaron detalladamente descritos, el dinero en
efectivo estregado para la operación, el armamento y enseres con que contarían
a bordo las dos naves que eran parte del mismo instrumento, todos ellos salidos
de los almacenes de la Marina. Las atribuciones especiales a quienes comandasen
tales buques, consideraban: “apresar, quemar y destruir, según convenga, los
buques enemigos”.
Brown de acuerdo al documento
podía designar agentes para recibir y vender las naves o bienes capturados. Además,
le exigía medidas de control, como elaborar un informe diario que debería
enviar a la Secretaría de Marina por cualquier medio disponible, etc. Se
establecía el tiempo de duración del corso, y una vez concluido la obligación
de devolver al Estado el bergantín Trinidad
con sus armamentos y los que se le facilitara para la fragata Hércules de su propiedad, la cual había
sido completamente reparada y forrado su casco de cobre. Naturalmente en caso
de naufragio estos puntos quedarían sin efecto. Todo esto entre otras precisiones
y exigencias, figuran en el acuerdo que debía observar el almirante para el
cometimiento de su empresa.
Tan pronto concluyeron los
detalles y la suscripción del convenio, Brown recibió las ordenes
correspondientes y bajo su vigilancia personal se inició el acondicionamiento
de los buques para la larga tarea. Formaban la flotilla de Brown: la Hércules portadora del gallardetón de
comandante en jefe y propietario de la expedición, conforme a lo estipulado en
el contrato. Esta fragata montaba 20 cañones, llevaba 200 hombres tripulantes,
e iba bajo el mando de W.D. Chitty. El bergantín Trinidad, una nave muy marinera mandada por Miguel Brown, hermano
del comodoro, con 16 cañones y 130 hombres.
La corbeta Halcón, buque de guerra mercenario comandado por el capitán francés
Hipólito Bouchard se sumó al corso mediante convenio aparte, pero siempre bajo
las ordenes de Brown. Este buque de propiedad privada, debía zarpar con
anticipación a la flotilla y después del paso del extremo sur del continente,
se reuniría con ella en aguas del Pacífico. Apenas cumplida con el
aprovisionamiento de agua, víveres, etc., en octubre de 1815 el almirante
dispuso el zarpe con rumbo al sur.
Con extrema dificultad
franquearon el cabo de Hornos y cuando tenían a la vista la isla Madre de Dios,
se desató un poderoso temblor que puso en verdaderos aprietos al Trinidad, pues en una borrasca anterior
había perdido su tajamar que se le desprendió de la roda poniendo en peligro al
bauprés y a los palos. Esto los obligó a enfilar hacia el estrecho de
Magallanes donde arribaron al anochecer. Ambos buques intentaron dar fondo,
pero la profundidad no se los permitió. El ancla agarró con cien brazas de
cadena sin hacer cabeza. Intentaron usar anclas de mar, pero el viento y el
fuerte oleaje, que rompía sobre un acantilado muy próximo, los hizo cambiar de
opinión y se obligaron a separarse.
El bergantín con algunos daños
continuó su travesía hasta llegar a una pequeña bahía al costado oeste de Tierra
del Fuego donde pudieron hacer ciertas reparaciones. Mas la Hércules después de escapar por la noche
de varios peligros, al amanecer por la violencia del mar fue arrojada contra
unos arrecifes, sobre los cuales permaneció por más de tres horas recibiendo
golpes en su estructura. Finalmente, con una seria avería se libró de la trampa
en que estaba.
Buscaron refugio y fondearon en
una pequeña caleta para reparar el daño, lo cual les tomo casi una semana.
Salidos del estrecho casi sin esperanza de hallar al resto de la flota se
encontraron con el Trinidad y la Halcón y subieron al norte navegando a
lo largo de las costas de Chile. A fin de preservar las provisiones para un
tiempo mayor capturaron y embarcaron algunos cerdos salvajes, aves marinas,
huevos de pingüino, etc. Y tan pronto como los buques completaron la aguada
zarparon dirigiéndose a su zona de crucero frente a Lima.
La ausencia de recursos para
facilitar la coordinación en el abastecimiento y seguridad de los buques y sus
tripulantes, era evidente en aquel tiempo. La comunicación entre los navíos
debía ser visual; y por las noches en mar cargado, era punto menos que
imposible. La previsión al acumular abastos frescos suficientes para la
supervivencia se tornaba en cuestión de vida o muerte, caso contrario
degeneraría en escorbuto y una agonía generalizada entre los hombres. Todo lo
cual hizo que las empresas exploratorias realizadas en pequeños y frágiles
barcos de madera, con elementales instrumentos de navegación, constituyeran en
aquella época las más grandes hazañas y que aún hoy las veamos rodeadas por un
halo de heroísmo.
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